El origen y la evolución del apoyo a la democracia en España.
La construcción del apoyo incondicional en las nuevas democracias
Mariano Torcal Loriente
Departamento de Ciencias Políticas y Sociales
Universitat Pompeu Fabra
Trias Fargas 25-27
Jaime I
08005
Resumen
España ha
contado desde el inicio de la transición con un apoyo mayoritario a la
democracia que no solo ha ido aumentando, sino que ha ido adquiriendo una
naturaleza incondicional que a permitido crear un “área de seguridad
actitudinal” que lo ha hecho inmune a las vicisitudes políticas y económicas
del sistema e incluso superar los legados de los pasados conflictos
políticos. Este proceso de cambio, que
ha generado una consolidación democrática desde el punto de vista actitudinal,
ha sido principalmente el resultado de los acontecimientos políticos de la
transición y consolidación y de la naturaleza inclusiva de los acuerdos entre
los principales actores políticos del sistema, especialmente en su intento de
no hacer del “asunto del régimen” un elemento de disputa política.
Palabras clave: Apoyo a la
democracia, actitudes políticas, democratización, apoyo específico y difuso,
generaciones políticas
* Quiero expresar mi gratitud a Alejandro Moreno y Sunnee
Billingsley por sus comentarios sobre la versión anterior de este trabajo y también
por los recibidos por dos evaluadores anónimos. También quisiera agradecer la
ayuda recibida por la traducción de este texto en una versión anterior del
inglés a Carolina Fraile, y por la ayuda prestada por Carolina Galais en alguna
fase del mismo. Así mismo, deseo dar las
gracias a
El apoyo mayoritario de los ciudadanos a los
gobiernos democráticos constituye, según una parte de la literatura, una de las
bases que dan estabilidad a todo régimen democrático de nueva creación. Linz y Stepan (1996: 5-6) en concreto sostienen,
en su conocido libro sobre consolidación democrática, que un régimen
democrático joven puede considerarse consolidado cuando “es aceptado por todos
como el único juego posible”, lo que implica que disfruta del apoyo mayoritario
de sus ciudadanos. Sin embargo, el apoyo
a la democracia no es sólo una cuestión de mayorías de ciudadanos que así lo
expresan. El apoyo para que tenga un efecto “consolidador” debe
ser incondicional, lo que significa que deviene inmune a los conflictos
políticos diarios, a las crisis económicas y políticas, y a la insatisfacción
con el funcionamiento y logros del sistema, generando una “zona de seguridad”
democrática desde el punto de vista actitudinal. Es por ello que es el único tipo de apoyo que
puede contribuir a la consolidación definitiva de las democracias de nueva
creación. Cuando este tipo de apoyo está
presente entre los ciudadanos de estas democracias, podemos considerar que se ha
producido un “efecto de consolidación actitudinal”, que completa el proceso de
consolidación democrática (Torcal 2002 y 2007).
En los últimos años, una mayoría de ciudadanos
ha declarado en España que la democracia es la forma de gobierno más adecuada (y
por tanto, la única aceptable),[1], aunque
haya coexistido con altos niveles de desafección política y niveles variables e
inconexos de satisfacción con su funcionamiento (Maravall, 1984 y 1995; Montero
y Torcal, 1990; Gunther, 1992; Morán y Benedicto, 1995; Montero, Gunther y
Torcal, 1997; Torcal 2006). Además, este apoyo mayoritario ha sido incondicional,
como puede observarse en el hecho de que ha dejado de depender de las
preferencias ideológicas o partidistas, o de las valoraciones sobre los
resultados económicos y de los logros del sistema de cada uno de los ciudadanos
(Maravall, 1995; Torcal, 2007). Esta autonomía
del apoyo democrático con respecto a estas actitudes y opiniones ha generado una
“zona de seguridad” actitudinal en el nuevo régimen democrático español. Pero, ¿cómo se creó este alto nivel de apoyo
democrático y a qué se debe su estabilidad en el tiempo? ¿Ha sido este apoyo de naturaleza incondicional
desde el primer momento?
Muchos expertos han atribuido este alto nivel de
apoyo democrático en España al cambio de actitud derivado del proceso de modernización
que tuvo lugar en los años sesenta y la última parte del régimen franquista, durante
el cual se produjo un resurgimiento de la sociedad civil española y una
reaparición de la “España Democrática”. Este
cambio de actitud no sólo facilitó la transición a la democracia, sino que
además, según esta misma literatura, la hizo inevitable (López Pintor, 1982: 90
y 1987; Pérez Díaz, 1993: 4-5 y 40-6; Edles, 1995: 248).
En este artículo se cuestiona la idea de que el apoyo
democrático se gestara principalmente bajo el anterior régimen no democrático e
intentaré demostrar que los altos niveles de apoyo democrático que muestran los
españoles actualmente se deben en gran medida a un “proceso de resocialización adulta”
que generó un cambio de actitud global significativo. Este cambio de actitud de los españoles se
produjo en pocos años y no sólo provocó un aumento del nivel de apoyo
democrático general que se ha mantenido estable desde entonces,[2]
sino que además facilitó la aparición de un apoyo democrático incondicional
durante el transcurso de los primeros años del funcionamiento del nuevo sistema. También se argumentará que este proceso de cambio
actitudinal es consecuencia de la política de consenso tan extendida durante la
transición y consolidación democráticas (López Pintor, 1987: 1006-7; Gunther,
1992: 51-61; Montero y Torcal, 1990: 42), es decir, que este cambio actitudinal
depende de la naturaleza (inclusiva o no) y posterior evolución de la coalición
que fundó el sistema durante la transición y la consolidación democrática, así
como de la ausencia en la agenda política de “la cuestión del régimen”, dejándola,
como consecuencia, fuera de la contienda electoral entre los principales actores
políticos durante este periodo de incertidumbre, cambios e inestabilidad
política.
Las dos primeras secciones de este trabajo están
dedicadas a discutir qué se entiende por apoyo incondicional a la democracia,
cómo medirlo, y su efecto sobre la consolidación democrática. En el siguiente apartado se discute la
evolución del apoyo a la democracia desde finales de los años setenta en una
perspectiva diacrónica, para mostrar su crecimiento monotónico durante estos
años. Las siguientes secciones están
dedicadas a mostrar el proceso de construcción del apoyo incondicional con un
análisis generacional primero, y luego con análisis de regresión logística
múltiple que tienen como variable dependiente el apoyo democrático en distintos
periodos de la reciente democracia española.
La naturaleza
del apoyo incondicional y la consolidación democrática
El apoyo a la
democracia no sólo es una cuestión de números y porcentajes de ciudadanos que
así lo manifiesten. Es importante que
este apoyo sea incondicional, es decir, un apoyo relativamente inmune a los
vaivenes en la satisfacción con el funcionamiento del sistema, sus resultados
sociales y económicos, o el respaldo electoral obtenido por las diferentes
opciones políticas. Pero ¿cómo podemos
identificar ese apoyo incondicional?
Aunque el apoyo a un sistema democrático pueda
depender en cierta medida de la evaluación de ciertos logros, el hecho de que
el apoyo a la democracia se mantenga pese a las distintas situaciones de
crisis, es, en buena medida, un indicador general de la solidez de dicho apoyo
(Linz, 1978: 18; Merkl, 1988: 43-46). En
realidad, como se ha dicho, no puede afirmarse que exista un alto nivel de
legitimidad solamente cuando una democracia es apoyada por un abanico amplio de
ciudadanos. Este hecho puede ser una
condición necesaria, pero no suficiente.
Como afirma Offe (2006: 26) la legitimidad democrática no solamente
depende de que una persona tenga una actitud positiva sobre el juego
democrático y las instituciones de representación, sino que también de los
argumentos y razones dados para aceptarlos.
El apoyo incondicional (o difuso, si se prefiere, usando los términos
Eastonianos), se observa cuando entre estas razones no abundan aspectos
coyunturales o cálculos instrumentales, propiciando una “zona de seguridad”
actitudinal que hace que el apoyo a la democracia sea inmune a los vaivenes
actitudinales y políticos. Cuando la
presencia de este apoyo es evidente, se completa el “efecto de consolidación
actitudinal”.
Reducir
la cuestión del apoyo a la democracia a la existencia o no de mayorías es lo
que ha propiciado las críticas que ciertos autores han vertido sobre la
discusión de la legitimidad. Como
algunos de ellos afirman, para que el concepto de consolidación tenga algún
sentido es necesario dejar de lado la cuestión de la legitimidad (Di Palma,
1990: 144; Przeworski, 1986: 50; Przeworski, 1991: 54; Przeworski et al., 1996:
O’Donnell, 1996). Contar el número de
demócratas carece de importancia ya que, según ellos mismos afirman, lo que importan
son los intereses de los distintos actores políticos y los de la ciudadanía. Los compromisos de tipo normativo con la
democracia no son definitivos a menos que los actores principales observen
beneficios de equidad evidentes con la llegada del nuevo régimen (Przeworski,
1991: 26) o sus logros económicos y sociales sean suficientemente
satisfactorios (Mishler y Rose, 1999: 94-97).
Esto implica que, para estos autores, el apoyo a la democracia es
puramente instrumental y endógeno al propio sistema político a través de sus
logros y de las instituciones que se instauren (Przeworski, 1991: 31-33 y
95). Contrariamente a lo que Lipset
(1960) argumentó en su momento, estos autores defienden que “las evaluaciones ex post pueden modificar compromisos
realizados ex ante”, lo que hace de
los compromisos normativos y morales algo problemático e incierto (Przeworski,
1991: 14). Como Boix (2005: 5) ha afirmado
recientemente, una democracia estable y exitosa “solo tendrá lugar si ambos,
ganadores y perdedores, tienen interés en aceptar los resultados que generen
las elecciones periódicas y la composición de los gobiernos a que den lugar” En otras
palabras, lo que estos autores defienden, utilizando de nuevo la terminología
eastoniana, es que el apoyo a la democracia es siempre “especifico” en su
naturaleza y por tanto instrumental, haciendo que la estabilidad del apoyo a la
democracia dependa solamente de la existencia de una aceptación instrumental
por parte de los principales actores políticos y de la aparición, como
consecuencia, de un equilibrio auto-sostenido (Przeworski, 1991: Weingast,
1997). De este modo, continúan, el concepto
de consolidación democrática deviene tautológico o incluso teleológico (O’Donnell:
1994).
Sin
embargo, el apoyo a la democracia contiene al mismo tiempo un elemento
normativo y uno instrumental. Esto es lo
que Easton (1965) diferenció entre apoyo “difuso” y apoyo “específico”
respectivamente. En este sentido, no les
faltan argumentos a estos autores cuando afirman que el grado (niveles) de
apoyo a un sistema democrático no puede ser un indicador válido de su
consolidación, es necesario conocer el peso del componente incondicional de
dicho apoyo. Por ello, para una
apreciación más apropiada del efecto de consolidación democrática que puede
tener el apoyo a la misma, es necesario discutir y mostrar empíricamente la
naturaleza incondicional de dicho apoyo (Mishler y Rose, 1999; Offe,
2006). Sin embargo, esta discusión no
puede reducirse simplemente a la determinación empírica de si la legitimidad
puede reducirse a cálculos micro-económicos, o, por el contrario, si puede ser
explicada en términos y formulaciones puramente normativas (véase Mattes y
Bratton, 2007). Y ello no sólo porque
resulta casi imposible distinguir empíricamente el apoyo instrumental,
condicionado o específico del apoyo difuso o incondicional (Loewenberg. 1971;
Muller y Jukam, 1977), sino también y mucho más importante, porque hay un
constante proceso interactivo entre estos dos elementos del apoyo democrático
(Linz, 1988: 91-93; Mishler y Rose, 1999: 78-79). Como afirma Linz (1978: 18) la relación entre
“estas dos variables está lejos de ser plenamente transitiva y lineal” dado que
los cálculos individuales pueden estar sesgados por compromisos normativos
iniciales, y al mismo tiempo, el apoyo democrático inicial puede estar basado
en cálculos instrumentales que produzcan, tras un tiempo, un apoyo de
naturaleza normativa que resulte en un apoyo incondicional al régimen.
Por ello, el apoyo incondicional
a la democracia y su “efecto consolidador” debería medirse en el grado de
conflicto político y social que el “asunto del régimen” produce en la
ciudadanía; es decir, debe observarse en la misma presencia o ausencia de un
conflicto o cleavage basado en el
“asunto del régimen” que no sólo explique la presencia o no del apoyo, sino que
este conectado con otras actitudes, valores y comportamientos que sirvan para
movilizar o politizar determinados sectores de la sociedad o del espectro
ideológico izquierda-derecha (Moreno, 1999).
Por ejemplo, como Torcal y Mainwaring (2003) han demostrado, el problema
con la consolidación de la democracia en Chile después de Pinochet fue mucho
más allá de los relativos bajos niveles de apoyo al sistema; se observaba en el
hecho de que el “asunto del régimen” fuese el factor más importante que explica
el apoyo electoral dado a las dos coaliciones electorales dominantes del
sistema.
La creación del apoyo incondicional a la democracia:
un cálculo instrumental de larga duración
Existe una amplia variedad de
hipótesis para explicar cómo se sostiene el apoyo a los sistemas democráticos y,
en menor medida, cómo se genera dicho apoyo. En conjunto estas hipótesis pueden dividirse
en tres categorías o tipos: explicaciones socioculturales, explicaciones macroeconómicas
o microeconómicas y sociales, y explicaciones de índole política. Los partidarios de las teorías socioculturales
sostienen que a medida que una sociedad se va modernizando, sus ciudadanos tienden
a dar más apoyo a los sistemas democráticos y a moderar sus posturas políticas (Lipset,
1960: 78-9). Otra explicación sociocultural
surge de la tradición sistémica cultivada por Easton y Dennis (1969: 5), quienes
alegaban que el grado de apoyo que recibe un sistema político viene determinado
por un proceso largo y complejo que depende del éxito que tengan los agentes de
socialización “para inculcar a los niños sentimientos positivos hacia el mismo”.
Como puede apreciarse, el rasgo
distintivo de estas explicaciones es su preferencia por argumentos que
impliquen procesos de cambio económico, social y cultural de larga duración.
Las explicaciones macroeconómicas y microeconómicas
y sociales se centran en la importancia de los resultados económicos y sociales
en los sistemas democráticos. Según los
defensores de estas interpretaciones, la estabilidad del apoyo de los
ciudadanos a un régimen democrático depende de su valoración sobre los
resultados del gobierno y de sus logros económicos y sociales. En
este caso, las expectativas de los ciudadanos en relación con el crecimiento
económico continuado, los efectos del reparto del mismo y la prosperidad
general aumentarían el potencial de disminución del apoyo democrático (Przeworski,
1991: 26; Mishler y Rose, 1999: 94-97).
En cambio, y por último, las
explicaciones de tipo político se centran en procesos mucho más inmediatos, que
son endógenos al funcionamiento del propio sistema político (Przeworski, 1991:
31-33 y 95) y que tienen que ver no con lo que el nuevo sistema produce, sino
en “cómo” lo produce (Mattes and Bratton 2007: 202). Por ello, algunos de sus defensores sostienen
que la disminución del apoyo a un régimen democrático puede deberse a factores como
las características de su sistema de partidos (Powell, 1982: 74-110), la inestabilidad gubernamental (Schmitt,
1983; Harmel y Robertson, 1986), o la
naturaleza de los gobiernos formados con mayorías parlamentarias y los resultados
electorales variables (Lijphart, 1977 y 1999; Nordlinger, 1972; McRae, 1974;
Boix, 2005). El segundo tipo de
explicaciones políticas se centra en el papel de la oposición política y el
carácter inclusivo de las coaliciones fundadoras del sistema (Linz, 1978:
27-49). Por último, un grupo de expertos
ha sostenido recientemente que la aprobación que recibe la democracia depende de
su capacidad para garantizar el estado de derecho y los derechos políticos fundamentales (Diamond, 1999;
Bratton y Mattes, 2001 y 2007; Rose y Mishler, 2002).
Las conclusiones
sobre la creación y estabilidad del apoyo democrático son, por tanto, muy
contradictorias. Esto se debe, en cierta
medida, a que gran parte de estas interpretaciones se centran en la cuestión de
cómo se ha mantenido el apoyo a los sistemas democráticos en las democracias más
tradicionales, pero estas hipótesis han sido objeto de análisis en las nuevas democracias
en mucha menor medida. Con excepción de
la literatura sobre la oposición política en
Es lógico, e incluso tautológico, argumentar que el nivel de apoyo al nuevo
régimen depende del rechazo al régimen no democrático anterior. De hecho, aunque no son la misma cosa,[3]
el rechazo del régimen anterior, y por tanto, la aprobación del régimen actual,
varían de manera simultánea. En mi
opinión, esto se debe a que ambos proceden en parte de experiencias individuales
con el sistema anterior y el actual, produciendo una interacción entre ambas. Pero esta variación simultánea de apoyo
democrático y rechazo al gobierno no democrático refleja sobre todo un cambio actitudinal
que nace de la experiencia política acumuladas durante la transición a la nueva
democracia y la consolidación de la misma (Rose y Mishler, 1996: 50). En este proceso de cambio, los actores y
elites políticas y sociales más importantes desempeñan un papel fundamental. La ausencia o el fracaso de todo intento de politizar
la cuestión de la aprobación del régimen anterior o el nuevo por parte de los actores
políticos importantes es la explicación fundamental para este cambio actitudinal
y su posterior cristalización. En otras
palabras, la naturaleza inclusiva del pacto con el que se instaura el nuevo sistema
democrático y la exclusión en la agenda política de la cuestión del régimen en los
años de la transición y consolidación podrían favorecer el cambio actitudinal rápido
que genera altos niveles de apoyo democrático (y rechazo hacia el régimen
anterior), y la aparición del apoyo democrático incondicional.
La existencia de alguna forma de acuerdo o convergencia de la elite (Burton,
Gunther y Higley, 1992) para la instauración del nuevo régimen podría propiciar
la presencia de esta “zona de seguridad” actitudinal, pero esto no es
suficiente para generar un cambio actitudinal; es necesario que haya una
ausencia o fracaso de la politización de la “cuestión del régimen”. Es decir, la presencia de pactos exclusivistas
o la falta de convergencia política en la instauración del régimen podrían
llevar a ciertos actores, contrarios al nuevo régimen, a propiciar la
instauración de una democracia. No
hacerlo, entre otras cosas, representaría una amenaza para sus intereses, ya
que podría privarle del apoyo de una parte importante de la sociedad. Ahora, si un actor importante opta por
politizar la “cuestión del régimen” de una forma exitosa, priva al nuevo
sistema del apoyo incondicional y de esa “zona de seguridad” actitudinal. Una condición necesaria para que se produzca
el cambio actitudinal y la aparición de un apoyo incondicional es, por tanto,
el fracaso o ausencia de todo intento de politizar la “cuestión del régimen” por
parte de los actores políticos importantes, lo que depende, a su vez, como se
ha dicho antes, de la presencia de un pacto fundacional inclusivo en la instauración
del nuevo régimen y la exclusión de la cuestión del régimen de la agenda
política de los actores políticos más destacados.
Obviamente los protagonistas de la transición no son totalmente libres en su
tarea de fomentar, generar y regenerar rechazo hacia el régimen anterior y propiciar
el apoyo al nuevo entre los ciudadanos. Antes
bien, las posibilidades de producir un cambio actitudinal no sólo dependen de
la existencia de un pacto fundacional inclusivo del régimen o del deseo de la elite
de excluir la cuestión del régimen de la agenda política, sino que además ambos
aspectos están muy influidos por el discurso legitimador del régimen anterior, por
la percepción que tienen los ciudadanos de los logros y fracasos de dicho régimen,
y los motivos y la naturaleza de su caída.
Todos estos factores condicionan los niveles de apoyo al régimen cesante, creando
una serie de oportunidades para que ciertos actores políticos puedan hacer de
la cuestión del régimen un elemento de potencial discusión en la agenda al
principio de la transición y durante la consolidación. La herencia que recibe el régimen democrático,
por tanto, condiciona la posibilidad de que exista un pacto inclusivo para la
instauración de la democracia y una vuelta consensuada a la competencia política,
así como la extensión del apoyo al nuevo régimen de todos los actores provenientes
de todas las posturas ideológicas y de los distintos partidos. Pero la herencia también limita los incentivos
de los principales actores políticos para incluir la cuestión del régimen en la
agenda política en su lucha por conseguir el apoyo electoral de los ciudadanos.
Por tanto, la presencia o ausencia de un
pacto fundacional inclusivo para la instauración del régimen democrático y el
contenido de la disputa política durante la transición y consolidación (que
también están condicionadas por la naturaleza, el discurso legitimador y los
logros del régimen no democrático anterior) determinan la existencia o no del cambio
actitudinal que pueda generar un apoyo incondicional al régimen y que complete
de este modo el “efecto de consolidación actitudinal” del mismo.
Dicho esto, no pretendo negar la influencia en la creación de apoyo democrático
incondicional de otros factores transnacionales como el discurso de legitimidad
democrática reinante en el escenario internacional, o lo que se ha denominado
el triunfo del “espíritu” o “Zeitgeist”
democrático, o los efectos, en concreto en el sur de Europa, de las previsiones
de su integración en la entonces CEE (Pridham, 1995: 166-203; Linz y Stepan, 1996: 113 y 140-141). Sin embargo, la construcción real del apoyo
incondicional mayoritario a la democracia, al margen de sus preferencias políticas
y posturas ideológicas, depende de la política nacional, sobre todo durante
periodos de cambios políticos importantes e incertidumbre política (Weil, 1994:
104-6). Esta idea de la importancia de
la política nacional no es nueva (Rose y Mishler, 1996: 50; Teorell, 2002; Mattes y Bratton, 2007); lo novedoso de
mi argumento es la idea de que la política produce el cambio actitudinal racional
rápido e instrumental que genera no sólo un mayor apoyo democrático, sino
también un apoyo democrático
incondicional de larga duración.
Veinticinco
años de apoyo democrático en España
Los
niveles de apoyo democrático en España se han mantenido elevados y bastante
estables, con una pequeña tendencia de crecimiento exclusivamente monotónica. Esta imagen no coincide en absoluto con las notables
fluctuaciones en la evaluación de la situación económica y política que durante
estos años han realizado los españoles. La
valoración de las situaciones económica y política han variado de manera considerable
durante este periodo, mostrando fases muy distintas. Estas fases quedan reflejadas claramente en
las valoraciones sobre la situación económica y política, pero,
sorprendentemente, el apoyo democrático parece inmune a estas fluctuaciones.
En
claro contraste con las elevadas tasas de crecimiento económico y la creciente prosperidad
individual durante la última década y la segunda mitad del régimen autoritario
de Franco, la transición hacia y la consolidación de la democracia estuvo
rodeada de crisis económicas sucesivas provocadas entre otras razones por las “crisis
del petróleo” de los años setenta. Como en el resto de países industrializados,
en España la recesión alcanzó su máximo en 1981-1982, cuando el desempleo llegó
a afectar al 20 por ciento de la población activa (García Delgado, 1990). Sin embargo, después de un periodo de transición
económica, la economía española experimentó una rápida expansión entre mediados
y finales de los ochenta. Aunque el
desempleo siguió siendo el más elevado de toda Europa Occidental, los niveles
generales de riqueza aumentaron de manera considerable. Hubo un tercer periodo caracterizado por la
recesión repentina y profunda que comenzó a principios de los noventa, cuando
el desempleo aumentó por encima del 23 por ciento. El clima de crisis económica alcanzó su máximo
en 1993, pero empezó a mejorar de forma notable, dando paso a un nuevo periodo
de prosperidad y crecimiento que se ha prolongado hasta hoy. El gráfico 1, que representa la evolución
anual de la situación económica a partir del PNB y las tasas de desempleo e inflación,
muestra claramente estos cambios.
La situación política
también fluctuó bastante durante este periodo. El gobierno de Unión de Centro Democrático
(UCD) dirigido por Adolfo Suárez se llevó gran parte del mérito por el
extraordinario éxito de la transición a la democracia. Esto permitió al presidente aprovecharse de la
oleada de satisfacción tras la ratificación de la nueva Constitución en
diciembre de 1978 y convocar elecciones anticipadas en marzo de 1979 que
vinieron a confirmar dicho éxito. Pero
poco después, el apoyo de los ciudadanos al gobierno de UCD cayó en picado; reinaba
la idea de que los gobiernos de UCD, débiles y divididos, no podían resolver los
problemas que planteaba la crisis económica, la creciente violencia terrorista,
y una política regional incoherente (Gunther, 1986: 433-492). Por entonces se
temía que la ineficacia del gobierno de UCD estuviera debilitando gravemente la
legitimidad concedida inicialmente al sistema democrático. Este diagnóstico quedó resumido en el término “desencanto”,
que hacía referencia a la desilusión que se produjo a raíz de las elevadas
expectativas generadas durante la transición. Todo el mundo pensaba que este “desencanto” suponía
una amenaza para la consolidación del nuevo régimen. No obstante, estos temores se disiparon después
de las elecciones generales de 1982, que llevaron al Partido Socialista Obrero
Español (PSOE) al poder con un gobierno mayoritario y facilitaron la
recuperación económica.
Hacia
finales de los ochenta, la tasa de crecimiento económico de España era la
segunda más alta de Europa, la inflación había disminuido de forma
significativa y un gobierno socialista estable había conseguido éxitos notables
en política tanto exterior como interior. Los problemas políticos empezaron de nuevo a
finales de los ochenta y sobre todo a principios de los noventa. La oposición política al gobierno aumentó, los
sindicatos convocaron huelgas generales, se produjo una sucesión de escándalos políticos
relacionados con la financiación del partido socialista, aumentaron los casos
de corrupción que afectaban a altos cargos de la ejecutiva nacional del mismo,
y salieron a la luz una serie de crímenes cometidos en la lucha contra el terrorismo
de ETA (Wert, 1996: 113-151). Todo ello
coincidió con una crisis económica repentina y grave. La recuperación económica a mediados de los
noventa y la victoria electoral de la formación política conservadora del Partido
Popular (PP) en 1996 marcaron una desviación respecto de la situación política previa.
Entre los años 1996 y 2000 la situación política
fue estable, con una notable ausencia de escándalos políticos importantes en comparación
con la legislatura anterior y un gabinete estable formado por el PP con el apoyo
de la coalición de partidos nacionalistas catalanes (Convergencia i Unió, CiU)
y la coalición de partidos regionalistas canarios (Coalición Canaria, CC) en el Parlamento. El crecimiento económico durante este periodo fue
extraordinario (muy por encima de la media de
(Gráfico
1)
La
evaluación de los españoles de la situación política y económica refleja estos
hechos y fases. Como puede verse en el
gráfico 2, el nivel de satisfacción con la situación económica muestra una
correlación con la valoración de la situación política, y ambas son paralelas a
las circunstancias variables mencionadas arriba.[4]
Como podría esperarse, la insatisfacción
con la situación económica se agudizó más precisamente en el punto máximo de
las dos recesiones, y mejoró al final de la segunda con la vuelta a la
prosperidad, alcanzando niveles muy altos a finales de los años noventa. La situación política siguió exactamente la
misma pauta. Esto pudo deberse a la
mejora de la situación económica, o ser una simple coincidencia con la mejora
de la situación política. Lo que importa
de todo ello es la correspondencia entre los diferentes periodos y fases de las
situaciones política y económica y su evaluación por parte de los ciudadanos. De hecho, un análisis por ciclos temporales de
la relación entre la situación económica y las valoraciones globales de la
opinión pública ha mostrado que las personas están capacitadas para evaluar
correctamente la situación económica (Maravall y Przewroski, 1998: 20).
(Gráfico
2)
¿Cómo
ha evolucionado el apoyo a la democracia durante este periodo de tiempo? ¿El apoyo democrático ha mantenido las mismas
pautas que las valoraciones de los ciudadanos sobre la situación política y económica?
Parece evidente que el descontento o político
o falta de satisfacción con el funcionamiento de la democracia, una actitud claramente
relacionada con y derivada de la insatisfacción con el gobierno responsable (Torcal,
2002; Gunther, Montero y Torcal, 2007), es la única actitud que presenta oscilaciones
importantes como reacción a las diferentes crisis políticas y económicas del sistema,
mientras que el apoyo a la democracia parece más estable y se diría que no parece
influido por las fluctuaciones en el tiempo de la situación económica y
política y sus valoraciones por parte de los ciudadanos. El gráfico 3 muestra que el indicador de
descontento político evoluciona y fluctúa de acuerdo con las valoraciones de la
situación económica y política.[5]
Esta evolución confirma que esta actitud
se nutre principalmente de la satisfacción con la situación económica y
política y con la labor realizada por las autoridades responsables del gobierno,
e indica, en última instancia, el grado de apoyo al partido que se encuentra en
el mismo.
Al
parecer, a los españoles les resulta fácil conectar sus valoraciones del
gobierno en cuestión, con la satisfacción con la situación económica, con la eficacia
de la democracia para resolver los problemas, y, por último, con su satisfacción
general con el funcionamiento del sistema democrático. Pero al mismo tiempo, los ciudadanos españoles
tampoco parecen tener dificultades para diferenciar todo lo anterior del apoyo que
otorgan a la democracia. Con excepción
de un aumento repentino e importante a principios de los años ochenta, que
comentaré más adelante, el apoyo a la democracia se ha caracterizado por la
estabilidad con pequeños aumentos monotónicos pese a sus opiniones fluctuantes
sobre la situación económica y política, e incluso sobre el mismo funcionamiento
de la democracia. Entre 1985 y 2000, entre
un 76 y un 88 por ciento de los españoles consideraba que la democracia era el
sistema político más adecuado. Además, como
han mostrado otros expertos, este apoyo a un sistema democrático apenas está condicionado
por las posturas ideológicas o de partido. Por ejemplo, sólo una pequeña parte de los
conservadores manifiesta su preferencia por las formas de gobierno autoritarias
(Maravall, 1984: 121; Montero y Torcal, 1990: 53). La legitimidad alternativa a favor del autoritarismo
y la lealtad a Franco nunca ha supuesto una amenaza para la democracia en
España, ni siquiera durante la grave crisis política y los escándalos de corrupción
que se produjeron en 1994 y 1995 (Morlino y Montero, 1995: 236-237).
(Gráfico
3)
Por
tanto, los niveles de apoyo a la democracia se han mantenido en gran medida constantes
y no se vieron afectados por las crisis económicas de principios de los años ochenta
y noventa, ni el descontento generalizado con el gobierno de UCD antes de su
fracaso electoral de 1982, ni los escándalos que acosaron al gobierno socialista
en los años que condujeron a su derrota electoral en 1996 ni tampoco por el crecimiento
económico notable que reinó durante la primera
legislatura bajo el gobierno conservador de Aznar. Estas conclusiones ponen de relieve dos puntos
fundamentales. En primer lugar, que las
actitudes vinculadas con la satisfacción o el funcionamiento del sistema están
muy relacionadas con la evaluación de la situación económica y política, constituyendo
todos ellos buenos indicadores de la valoración de los resultados del gobierno
en cuestión y del apoyo otorgado al partido que lo ocupa. En segundo lugar, que el apoyo fundamental a
la democracia es relativamente independiente, en términos tanto teóricos como
empíricos, del descontento político, es decir, de las percepciones de la
ineficacia del sistema y de la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia.
Las generaciones y la política en
España
Para analizar la
naturaleza del apoyo ala democracia y
los posibles motivos de su aparición y evolución, debemos estudiar sus pautas
de cambio y continuidad en las distintas generaciones. En otras palabras, debemos determinar si ciertas
generaciones políticas se caracterizan por niveles de apoyo democrático diferentes,
y observar si estas diferencias reflejan pautas específicas. Pero antes de entrar en el análisis hablaré
brevemente del análisis longitudinal o generacional y la forma en que he
clasificado las generaciones políticas en España.
Análisis
longitudinal o generacional
Para detectar la existencia
de diferentes generaciones políticas en relación con el apoyo democrático, llevaré
a cabo un análisis longitudinal o generacional usando datos de encuestas transversales
recogidos a lo largo de una serie de años. Este tipo de análisis puede detectar tres efectos
diferentes que explican la continuidad o el cambio actitudinal: los efectos de cohorte,
de periodo o de ciclo de vida.
La presencia de efectos de
cohorte reflejaría la influencia en los niveles de apoyo democrático actuales
de ciertos episodios políticos pasados que dejaron una innegable influencia
durante los periodos de socialización de esas determinadas generaciones. Los efectos de periodo demostrarían lo volátil
que podría llegar a ser esta actitud y su falta de conexión con o ausencia de
efecto socializador con los acontecimientos políticos pasados. Los efectos de ciclo vital evidenciarían la
influencia de la edad de las personas en el apoyo democrático; es decir, su
apoyo o rechazo está condicionado por las condiciones de vida que acompañan al
progresivo envejecimiento de los ciudadanos. Estos tres tipos de efectos pueden detectarse
usando dos procedimientos: primero, mediante la especificación de un modelo que
compruebe a nivel generacional la presencia relativa de estos tres efectos, y segundo,
mediante un simple análisis visual de los gráficos generacionales. Este último es más fácil de interpretar y entender,
pero no siempre capta la presencia de efectos de cohorte porque éstos suelen
aparecer combinados con fluctuaciones intergeneracionales en la opinión como
consecuencia de un hecho político específico (efecto de periodo). En otras ocasiones, los efectos del ciclo
vital pueden confundirse con la presencia de un efecto de cohorte, igual que ciertas
actitudes, pese a sus proporciones diferentes en las distintas generaciones, tienden
a converger en todas las generaciones a medida que éstas se hacen mayores. Por otra parte, el uso de modelos es un
procedimiento más completo y fiable, si bien conlleva algunas dificultades técnicas.
Por ello, además de presentar gráficos
generacionales construidos a partir de las cifras agregadas de apoyo
democrático por generaciones, he incluido algunos modelos de regresión muy
sencillos para detectar estos efectos.
Además de la presencia de
los tres efectos mencionados y sus combinaciones, hay otros factores importantes
que se deberían buscar en un análisis longitudinal por generaciones. Cuando se detecta un efecto generacional, debe
intentar determinarse cuáles son las diferencias intergeneracionales. Si las diferencias intergeneracionales son constantes
pero cuantitativamente pequeñas, podemos
llegar a la conclusión de que se trata de actitudes políticas con una
continuidad intergeneracional importante, y por tanto no podemos esperar que el
relevo generacional (la sustitución natural de las generaciones mayores por
otras más jóvenes) genere o sea responsable de un cambio actitudinal. En cambio, si las diferencias entre generaciones
son constantes y cuantitativamente
mayores, podemos llegar a la conclusión de que existen divergencias intergeneracionales
significativas debidas a experiencias políticas distintas vividas durante los
respectivos procesos de socialización por las diferentes generaciones y, como
consecuencia de ello, el relevo generacional natural será la fuerza impulsora
del cambio actitudinal y su principal responsable (Jennings y Niemi, 1975:
1318; Jennings y Niemi, 1981: 7-9 y 117-124).
Generaciones
políticas en España
En los estudios sobre
cambios de actitud, los límites de la cohorte suelen fijarse tomando como
referencia la fecha de nacimiento con el fin de intentar reflejar el efecto
socializador de hechos históricos diferentes (Ryder, 1965; Mason y Fienberg,
1985: 12). Como sabemos, el análisis de
cohorte se ha usado con frecuencia en estudios sobre el cambio y la continuidad
de las actitudes, pero la forma de fijar los límites de la cohorte ha sido
siempre una manzana de la discordia. Esto
se debe, no sólo a diferencias en la definición de los límites de la cohorte acorde
con los acontecimientos políticos que hayan podido influir en las distintas generaciones,
sino también a disparidades a la hora de establecer la edad de socialización básica.
En este estudio me he centrado
principalmente en la fase de “madurez política” (entre los 17 y 25 años de edad)
porque este periodo se caracteriza por una mayor apertura a la socialización a
través de agentes políticos no principales, y la familia y la escuela quedan relegados
a un papel secundario. De este modo, he
utilizado dos criterios para establecer los límites de la cohorte: el periodo de
socialización entre los 17 y 26 años de edad, y los acontecimientos económicos,
sociales y políticos más importantes en la historia reciente de España. Con estos criterios se han obtenido seis cohortes
diferentes.[6]
Para el análisis se han utilizado
cinco de las seis cohortes. La generación más joven (la generación de la democracia) no se ha incluido en el
estudio por dos motivos. Primero, por su
semejanza con la generación anterior (la generación de la transición), que la hace más difícil de visualizar; segundo, y más
importante, porque esta generación aún se encuentra en proceso de formación, y
durante el periodo analizado siguen incorporándose a ella nuevos miembros. En los primeros estudios no existen datos
sobre las actitudes de esta generación porque sus miembros aún no habían
alcanzado la mayoría de edad, lo que impidió incluirlos en nuestros modelos. Sin embargo, puede afirmarse que esta primera generación
es muy similar a la segunda prácticamente en todos los aspectos.
Generaciones
políticas y apoyo a la democracia
La presencia de efectos generacionales
o de periodo en el apoyo democrático de los españoles podría visualizarse mediante
una representación gráfica (gráfico 4) o mediante los parámetros obtenidos con
la estimación de la ecuación [1], aunque ambas reflejan exactamente la misma realidad.
Las variables incluidas en la ecuación son
variables dicotómicas (valores 0 y 1) y deben interpretarse tomando como
referencia la generación mayor (monarquía) para las variables de cohorte,
y el año 1996 para las variables de periodo. Si las variables de cohorte tienen un
coeficiente positivo y estadísticamente significativo, ello significa que el apoyo
a la democracia es mayor como media para esa cohorte específica con respecto a
la de más edad. Un coeficiente igual a 10
para una de las variables de cohorte en la ecuación significa que existe una
diferencia del 10 por ciento entre el apoyo de esta cohorte y la cohorte de más
edad, que constituye la categoría de referencia. Para conocer la contribución relativa de cada generación
al aumento del apoyo democrático total hay que restar el valor del coeficiente de
interés de la cohorte del valor obtenido para la cohorte anterior.[7]
En cambio, un coeficiente positivo y significativo
para un periodo significa que en ese año o periodo concreto el apoyo
democrático aumentó de forma significativa con respecto al año 1996. Un coeficiente no significativo indica que no
existe variación para ese año particular.
El análisis del apoyo a la democracia
por cohortes revela un claro efecto de cohorte con una pauta general: cuanto
más joven es la cohorte, más apoyo se brinda al sistema democrático. Esto queda confirmado visualmente en el
gráfico 4 o con el valor de los parámetros y su significación estadística en la
ecuación [1]. La ecuación muestra que
todos los coeficientes de cohorte son estadísticamente significativos y contribuyen
al aumento de apoyo democrático. Sin
embargo, es importante notar que todas las generaciones manifiestan un apoyo al
sistema democrático superior al 60 por ciento, incluso las que están menos a
favor del mismo (el valor de la constante en la ecuación [1] es 65,2). Esto significa que, en proporción, las
diferencias intergeneracionales en el nivel de apoyo democrático han influido
muy poco en los niveles de apoyo democrático general que actualmente exhiben los
españoles. Como comentaré a continuación,
esto se debe a que este apoyo a la democracia es producto de un cambio actitudinal
drástico y rápido que se produjo sobre todo durante la transición española. Por último, sólo hay tres efectos de periodo
que parecen ser estadísticamente significativos, uno al principio de la serie, en
1980 (P1 con una disminución de 11,6) en medio de la crisis de
descontento que antecedió a los acontecimientos de 1981, y dos al final: 1998
(P9 con un aumento de 9,4), dos años después de la victoria del PP,
y 2000 (P10 con una disminución de 11,2) en el inicio de
la segunda legislatura del PP.
(Gráfico
4 y Ecuación 1)
Podemos
observar ciertos cambios paulatinos pero notorios entre las generaciones en
términos de apoyo al nuevo régimen. Como
parecen evidenciar los coeficientes de la ecuación [1], se produce un aumento
moderado entre cada generación y la generación de referencia (la mayor, o generación
de la monarquía). La generación que aporta la contribución más significativa
al aumento total de apoyo democrático es la tercera o generación de la liberalización
(C3 - C4=17,1-10=7,1), seguida de la cuarta o generación de
la autarquía (C4 - C5=10-4,5=5,5),
la quinta o generación de la guerra civil (C5 - valor de referencia=4,5),
y finalmente la generación de la transición,
con un incremento medio de 2,1 puntos con respecto a la generación anterior (C2
- C4=19,2-17,1=2,1). Dado
que la diferencia media entre las generaciones más jóvenes y las mayores es del
19,2 por ciento (un 65,2 por ciento para la generación de la monarquía [8],
y un 84,4 por ciento para la generación de la democracia [9]),
podemos ver que la contribución de las generaciones tercera y cuarta (protagonistas
del periodo de modernización y liberalización durante el régimen franquista) al
aumento de la legitimidad democrática representa sólo un 36 por ciento de la
contribución al aumento general del apoyo a la democracia de todas las cohortes
(la contribución de estas dos generaciones al aumento del apoyo democrático es
del 7,1 y 5,5 por ciento respectivamente, y juntas aportan un 12,6 por ciento, lo
que representa sólo un 36 por ciento de la contribución total de todas las generaciones
al aumento del apoyo democrático). Esto
significa que la contribución de las dos generaciones correspondientes al
periodo de modernización en España no es significativamente importante. Todas las generaciones han contribuido en
cierta medida al aumento del apoyo general a la democracia.
Hay tres explicaciones
posibles para estas contribuciones generacionales al aumento del apoyo al nuevo
sistema. La primera, que ya comentamos
antes, guarda relación con el argumento de Pérez Díaz sobre la importancia de
la reaparición de la sociedad civil después de las transformaciones económicas
y sociales de los años sesenta (ver también López Pintor, 1982; Edles, 1995). La segunda, algo más política, es que las diferencias
en el apoyo al sistema entre estas dos generaciones revelan sencillamente los cambios
que se produjeron en el discurso utilizado para legitimar el régimen franquista:
durante la primera fase, la guerra civil y el franquismo se presentaban como
una “cruzada de salvadores” fundamental para luchar contra los enemigos de la
nación; en cambio, en la segunda fase este discurso pasó a un segundo plano, dándose
prioridad a la exaltación de la paz y la prosperidad impulsadas por el régimen (Aguilar,
1996). Por último, la tercera explicación
es que la evolución de la legitimidad en las diferentes generaciones también
refleja los acontecimientos políticos que han influido en cada generación, además
de los cambios en el discurso legitimador del régimen y los avances que se
produjeron en los años sesenta.
Como he dicho antes, la diferencia entre
la primera y la última generación es de un 19 por ciento aproximadamente, mientras
que la diferencia entre la tercera generación (liberalización) y la cuarta (autarquía)
es sólo del 7,1 por ciento (restando los coeficientes 17,1 y 10). Por otro lado, la contribución de la generación
de la autarquía al cambio es del 10 por
ciento en relación con la generación de referencia (ver coeficiente), y del 5,5
por ciento en relación con la generación anterior (guerra civil). Si las dos
teorías mencionadas fueran capaces de explicar los altos niveles de legitimidad
actuales (es decir, el cambio en el discurso legitimador de la guerra civil y el
franquismo, y la reaparición de la sociedad civil), la tercera generación (liberalización) sería la fuente
principal de aumento del apoyo al sistema. Sin embargo, la contribución de esta
generación representa menos de la mitad de las diferencias intergeneracionales observadas
en los niveles actuales de apoyo al sistema. La mayor proporción de cambio actitudinal se
debe a la influencia de todas las demás generaciones políticas (poco más del 12
por ciento). Esto significa que el apoyo al sistema democrático está condicionado
en cierta medida por las diversas experiencias políticas preadultas de las seis
generaciones, no sólo de la cuarta. La experiencia directa entre las
generaciones de mayor edad de
Esta conclusión también puede observarse
en las valoraciones sobre el régimen autoritario. Las evaluaciones sobre Franco y las experiencias
durante el régimen autoritario pueden producir resultados mucho más polarizadores
entre los españoles (McDonough,
Barnes y López Pina, 1996: 735-759; McDonough, Barnes y López Pina,
1994: 356), pero estas opiniones sobre el régimen anterior están relacionadas
con el apoyo al sistema democrático actual. Las diferencias intergeneracionales en la
evaluación del régimen autoritario y del mismo Franco se encuentran entre la
cuarta generación (autarquía y posguerra)
y la tercera (liberalización), y entre
la tercera y la segunda (transición).[10]
Ahora
bien, esto no significa que el actual nivel de apoyo a la democracia sea simplemente
un efecto de la socialización que se produjo en el pasado. Todo lo contrario, el apoyo a la democracia, aunque
condicionado por la socialización, procede sobre todo de una decisión instrumental
tomada por la gran mayoría de los españoles. El apoyo a la democracia surgió principalmente
durante la transición; este es el motivo por el que las generaciones mayores
también manifiestan un apoyo al régimen democrático superior a un 60 por ciento
(aproximadamente un 65 por ciento de media). Nótese también que la constante en la ecuación
es muy elevada: del 65.2 por ciento; es decir, se trata del porcentaje que no puede
explicarse con las variables de la ecuación [1] (cohortes y periodo), lo que
significa que el cambio intergeneracional supone una contribución pequeña en el
apoyo mayoritario al sistema democrático que hoy existe entre los españoles.
Ello confirma
que los niveles de apoyo a la democracia actuales surgieron en algún momento
durante la transición a la democracia y debido principalmente al cambio rápido de
actitud que se produjo durante este corto periodo. Hacia el final del régimen anterior, los españoles
no manifestaban mucho apoyo al mismo, pero tampoco eran demócratas
comprometidos. Se trataba más bien de una
“mayoría grande y silenciosa” cuyos valores prioritarios eran la paz, la justicia
y el orden, y para quienes la democracia era mucho menos importante (Instituto
de Opinión Pública, 1967; López Pina y Aranguren, 1976: 73-94). Como sugiere Aguilar (1996: 349; véase también
López Pintor, 1982: 85-6), éste fue el mayor logro de socialización de la
propaganda franquista. El discurso
legitimador y los nuevos símbolos políticos de la segunda fase del franquismo afectaron
a todos los españoles porque cambiaron su opinión sobre los fundamentos
legitimadores del régimen; si bien no consiguieron legitimarlo. Este discurso legitimador y los símbolos de
los últimos años del franquismo tampoco parecen tener efecto determinante en
los niveles de apoyo actuales al nuevo sistema democrático; como se ha visto, otras
generaciones también han contribuido de manera considerable a los niveles
actuales. Por tanto, el apoyo actual se
debe sobre todo al rápido cambio durante la transición y, en menor medida, durante
la consolidación del nuevo régimen.
Sin
embargo, sería bueno que se precisase que la creación del apoyo democrático actual
podría haberse visto facilitada precisamente por el uso instrumental por parte
de los principales actores políticos de la transición de los símbolos y
discursos legitimadores construidos y usados con otro fin durante la segunda
parte del franquismo: la paz y prosperidad. Puede que la propia transición fuese en
general poco conflictiva y pacífica, pero el cambio actitudinal rápido e
instrumental del que hemos estado hablando fue fundamentalmente posible, en
parte, gracias a la importancia que dieron los protagonistas de la transición y
su consolidación al mantenimiento de estos logros tan apreciados ahora por los
españoles (paz y prosperidad). La legitimidad
del sistema democrático actual se construyó sobre la base de la socialización política
del franquismo y de los símbolos que ésta generó, pero el cambio actitudinal no
se produjo antes de la transición, sino durante la misma.
Como
podemos ver en una encuesta en la que se preguntó a los españoles cómo se
deberían tomar las decisiones políticas, el porcentaje que prefirió que “las decisiones
fueran tomadas por las personas elegidas por el pueblo” aumentó del 53 por
ciento en 1966, al 56 por ciento en enero de 1976, y, sin embargo, en mayo de
ese mismo año, sólo unos cuantos meses después y tras la llegada de Suárez, ese
porcentaje alcanzaba el 78 por ciento. En
cambio, entre 1976 y 1982, este porcentaje creció sólo hasta el 79 por ciento
(López Pintor, 1982: 153). De hecho, en 1978,
el 77 por ciento de los españoles ya se definían a sí mismos como demócratas incondicionales.[11] Este cambio actitudinal en sólo cinco meses
nos da una pista de por qué el cambio intergeneracional apenas contribuye a
explicar en una pequeña parte los altos niveles de legitimidad democrática
actuales.
También
es importante notar que, como han señalado Morlino y Mattei (1998: 1757), que en
1985, poco después de la consolidación del régimen democrático en España, el porcentaje
de “neodemócratas o convertidos” (ciudadanos que apoyan el nuevo régimen pero
que también tienen una opinión positiva del régimen franquista) fue del 46,9 por
ciento, mientras que los “demócratas puros” (ciudadanos que apoyan la
democracia pero también rechazan el régimen franquista) fue sólo del 31,1 por
ciento. Esto es otro síntoma claro de que
durante la transición y la consolidación del nuevo régimen en España se produjo
un cambio actitudinal instrumental y rápido en lo que hace referencia al apoyo
a la democracia.
La
construcción instrumental-racional del apoyo mayoritario a la democracia en
España también puede observarse en su evolución en el tiempo. Pese a mantenerse estable durante veinte años,
hay que señalar también que el apoyo a la democracia muestra dos periodos de crecimiento:
uno entre 1980 y 1985 y otro después de 1996 (esto puede percibirse claramente
en la magnitud e importancia del coeficiente de regresión de los efectos de
periodo 1 (P1), 9 (P9) y 10 (P10) – 1980, 1998
y 2000, respectivamente – en la ecuación [1]).[12] El primer aumento parece reflejar la fase final
de la construcción de la legitimidad democrática durante la consolidación del
nuevo régimen y podría haber sido provocado también por la llegada del PSOE al
poder. Este ligero cambio actitudinal con
respecto a la legitimidad democrática que se produjo durante este periodo afectó
incluso a las generaciones de españoles menos predispuestas a aceptar el nuevo régimen,
y constituye un síntoma claro de la culminación del ya mencionado “efecto de
consolidación democrático actitudinal”. El
segundo aumento (1998 y 2000) también es bastante importante y también ha
afectado a todas las generaciones, pero sobre todo a los ciudadanos situados a
la derecha de la escala ideológica.[13] Esto podría deberse a la llegada al poder del partido
conservador, el PP, por primera vez desde el restablecimiento de la democracia.
Por tanto, el apoyo mayoritario a la democracia
en España, aunque está condicionado por el pasado político, es sobre todo una
creación racional-instrumental que se produce por la acción de los actores
políticos en el devenir del juego democrático.
Rastreando los
efectos de la acción partidista en el apoyo a la democracia
Los actores políticos y sociales en
general pueden, por tanto, jugar un papel decisivo en la politización del
“asunto del régimen”. Primero por su
indudable papel en la naturaleza inclusiva del pacto fundacional del régimen:
las “reglas del juego” se han caracterizado en el pasado democrático español
predominantemente por la exclusión política en contra de una parte u otra de la
población y de sus representantes políticos). Esto puede haber dejado un legado actitudinal que
puede encontrarse en la influencia de la ideología y las preferencias
partidistas en el apoyo al régimen democrático. Segundo, por el discurso de los partidos
políticos y la acción de los mismos durante el proceso de competición política
una vez instaurada la democracia. De
este modo, si el cambio de actitud y el efecto de consolidación asociado se han
producido en la nueva democracia, el apoyo a la democracia estará menos
influido por las preferencias partidistas e ideológicas
Los datos sobre la evolución desde
1980 del apoyo democrático por parte de los votantes del PSOE y del PP que se
presenta en el gráfico 5, muestran que los votantes de izquierda han sido más
proclives a apoyar la democracia desde su inicio (claramente un legado del
pasado), pero mucho más entre los votantes del PSOE con su llegada al poder en
los inicios de los años ochenta. Este
crecimiento también se observa entre los votantes de la entonces Alianza
Popular, pero lejos todavía de los niveles de los votantes del PSOE y del PCE
(cuyos líderes claramente apostaron por la democracia desde sus mismos inicios,
aceptando incluso los símbolos más claros de la pre-constitucionalidad, como la
monarquía y la bandera del bando vencedor).
El impulso al apoyo a la democracia que se produjo entonces, ha permanecido
inalterable, pese al devenir de los acontecimientos y la llegada de las
derrotas electorales del PSOE y las constantes derrotas electorales de IU
(contrariamente a lo que argumenta Boix, 2005).
(Gráfico
5)
Posteriormente,
el transcurrir de la normalidad democrática dentro del consenso ha producido
también la creciente aceptación incondicional de los votantes de AP/PP. Sus resistencias antidemocráticas se han
desvanecido como consecuencia del paso del tiempo en democracia, o para ser más
precisos, como consecuencia del discurso claramente a favor de la democracia
que han adoptado sus élites políticas y el gobierno democrático de la
izquierda, si bien ese cambio actitudinal adquiere la mayor dimensión con la
llegada al poder del PP en 1996, y su posterior mayoría absoluta en el año
2000. . De nuevo, este apoyo mayoritario
entre los votantes del PP se ha mantenido alto y estable desde entonces, pese a
la derrota electoral del 2004, equiparándose al apoyo concedido por los
votantes de las otras dos opciones mayoritarias. Por tanto, el efecto consolidador actitudinal parecería
haberse producido de manera definitiva durante los años ochenta para el PSOE y
los noventa para el PP.
Lo mismo debemos esperar con respecto
a su relación con la ideología. Si el cambio
de actitud que da lugar a la aparición de un apoyo incondicional se ha
producido en la nueva democracia, la relación entre ambos se habría reducido. En 1980 en España, poco después del final de
la transición, los coeficientes de correlación entre ideología y apoyo a la democracia
para todas las generaciones seguían siendo altos y negativos (ver la tabla 1), lo
que confirma que, en todas las generaciones políticas, los españoles de
izquierdas tendían a definirse a sí mismos como demócratas más comprometidos
que los de derechas. Esta tendencia
concuerda, no sólo con lo visto respecto a las preferencias partidistas en el
gráfico 5, sino, una vez más, con la historia política de España. Aunque tanto la izquierda como la derecha han
adoptado posturas en parte o totalmente desleales con respecto a la democracia,
la izquierda siempre ha mostrado un compromiso con el establecimiento y la
defensa de la democracia representativa mayor que la derecha, sobre todo durante
y después del régimen franquista. La
brecha entre los españoles de izquierdas y de derechas es particularmente
evidente en la tercera generación política, que alcanzó la mayoría de edad durante
el periodo de liberalización, cuando
la izquierda dominaba completamente la oposición al régimen franquista y luchaba
por sustituirla por una democracia. De
ahí que la correlación más directa entre ideología y apoyo a la democracia se
encuentre precisamente en esta generación, como puede verse en la tabla 1. Sin embargo, debemos subrayar que la relación
entre ideología y apoyo a la democracia es muy importante en todas las
generaciones. Esta conclusión muestra
que aunque durante la transición se produjo un cambio de actitud muy importante,
las marcas indelebles del pasado político de España aún pueden percibirse en el
apoyo a la democracia de los españoles de la época. El cambio de actitud y el “efecto de
consolidación de actitud” aún no se habían completado.
(Tabla 1)
Estas marcas, no obstante, se han
desvanecido como consecuencia del paso del tiempo en democracia, o para ser más
precisos, como consecuencia del discurso claramente a favor de la democracia
que han adoptado todos los actores políticos importantes de todo el espectro
ideológico, a excepción del País Vasco, desde la vuelta a la democracia. Y lo que es más importante, los resultados
observados en la tabla 1 ponen de relieve una vez más el efecto de la llegada
al poder de un partido conservador, el Partido Popular (PP), lo que enseñó a la
mayoría de los conservadores que cualquiera podría ganar con las “reglas del
juego” vigentes. Entre el discurso y la
llegada del PP al poder, incluso los ciudadanos de derechas más extremistas se
han hecho partidarios de la democracia.
Parte del cambio de actitud de los
españoles en relación con el apoyo a la democracia, que confirmó lo que he
denominado “efecto de consolidación de actitud”, fue de naturaleza
instrumental. De ahí que después de 18
años de democracia, la correlación entre ideología y apoyo a la democracia sea
mucho más pobre en la primera generación socializada durante la democracia, y
lo que resulta aun más sorprendente, que haya llegado a ser bastante más pobre
en las generaciones segunda, tercera y cuarta (esto se puede observar también
en la tabla 1 para el año 1995). Esto se
debe al efecto de casi dos décadas de democracia, incluso en un momento en que
la derecha aún tenía que ganar unas elecciones generales o mantener el poder en
Todo ello sugiere tres conclusiones
tentativas. Primero, que pese al
drástico cambio de actitud en relación con el apoyo a la democracia que se
produjo durante la transición, el pasado político de la sociedad española,
marcado por la lucha entre las “dos Españas”, también puede observarse en la
mayor presencia de “valores democráticos” en los ciudadanos de izquierdas en
comparación con los de derechas.
Segundo, y como consecuencia de ello, en los primeros años de la nueva
democracia, la ideología era un factor importante que tuvo una influencia
similar en el nivel de apoyo a la democracia profesado por ciudadanos de todas
las generaciones, pese al gran cambio de actitud que se había producido durante
la transición. Tercero, este análisis
muestra que el funcionamiento de la democracia ha generado un cambio
cualitativo, más que cuantitativo, en el apoyo a la democracia de los españoles
(que ya era considerable en 1978 y ha aumentado poco desde entonces). Estos casi veinte años de democracia han
eliminado la influencia de la ideología y han reducido la influencia del
régimen anterior en el nivel de apoyo incondicional a la democracia de los
ciudadanos (McDonough, Barnes y López Pina, 1998: 43-53).
Un
modelo para medir el apoyo incondicional democrático de los españoles
Para
confirmar la presencia de un “efecto de consolidación actitudinal” debido a la política
de la transición y la consolidación en España, propongo un modelo donde el apoyo
democrático, medido con una variable dicotómica, es la variable dependiente
para tres momentos en el tiempo: 1980, 1995 y 2000[14]. Este modelo y su comprobación también nos van
a permitir observar la creciente naturaleza incondicional del apoyo a la
democracia en España.
Este modelo incluye una serie de variables
independientes para medir el impacto de las diferentes teorías sobre el apoyo
democrático:
[Ecuación 2]
Ln (Pj /1- Pj)= ![]()
+ e. régimen anteriorj
+ ideologíaj
+ distancia i.j
+
funcionamiento del sistemaj
+ situación económica personalj
+ evaluación general de la economíaj
+ realización de ideales democráticosj
+ frecuencia de las discusiones sobre políticaj
+ géneroj
+ estudiosj
+ confianzaj
+ cohorte1j
+ cohorte2j
+ ….. + cohorte nj
+ e
donde,
Ln (Pj /1- Pj) = la probabilidad
de apoyar el régimen democrático.
La inclusión en el modelo de la valoración sobre el régimen anterior es muy
importante para controlar el efecto de esta variable en la predicción del apoyo
democrático actual. El género, la cohorte,
los estudios, la confianza social y la frecuencia de las discusiones sobre política
se han incluido para observar la influencia prolongada de las diferentes experiencias
de socialización política, social, cultural y económica en los niveles de apoyo
democrático. Otras variables como el funcionamiento
del sistema y la evaluación de la situación económica personal o general se han
incluido para valorar la posibilidad de que el apoyo democrático sea resultado
del cálculo puramente económico y del rendimiento económico del sistema. La evaluación de la realización de ciertos
ideales democráticos se ha incluido para analizar la posibilidad de que el estado
de derecho y la capacidad general para garantizar
los derechos políticos fundamentales permitan hacer predicciones sobre el apoyo
democrático. Finalmente la inclusión de la ideología y la distancia ideológica
en el modelo es muy importante, dado que se trata de variables fundamentales
para captar la influencia del “efecto de consolidación”. Como hemos comentado antes, los partidos
políticos y los actores políticos y sociales en general, pueden jugar un papel
decisivo en la politización del “asunto del régimen”, haciendo de este una
asunto de disputa ideológica dominante.
La ausencia de efecto de la ideología en el apoyo a la democracia constituye
un elemento básico para observar su naturaleza incondicional.
Como ya he mostrado en las páginas
anteriores, en el año 1980 se encuentran las cifras más bajas de apoyo
democrático desde el restablecimiento de la democracia en España; el apoyo ya
era mayoritario, si bien se trataba de sólo el 67 por ciento de los españoles. Esto podría deberse a la falta de un cambio de
actitud total y la ausencia de un “efecto de consolidación de actitud” pleno. Puede ser que el cambio de actitud en curso se
interrumpiera bruscamente debido a las circunstancias políticas que siguieron a
la aprobación de
Los resultados de la predicción del modelo
para España con los datos de la encuesta de 1980, que se muestran en la tabla
2, coinciden exactamente con las previsiones, y muestran un “efecto de
consolidación de actitudinal” incompleto. El rechazo al régimen anterior [15] fue
uno de los mejores indicadores del apoyo a la democracia en 1980; sin embargo, la
ideología de los encuestados fue aun más potente (los de izquierdas tendían más
a apoyar la democracia de forma sustancial). Otra evidencia de que el cambio de actitud estaba
incompleto es la influencia secundaria de las cohortes 3 y 4 (liberalización y autarquía, respectivamente),
ya observada en apartados anteriores. No
obstante, había indicios de que el cambio de actitud fundamental ya se había
producido. La ausencia de cualquier
forma de relación entre el apoyo democrático y las variables que miden la situación
material personal de los encuestados, su evaluación del funcionamiento de la democracia
o el gobierno en medio de una crisis política y económica muestra que ya
existía una “zona de seguridad” importante para el apoyo a la democracia. De forma similar, no existen relaciones entre las
variables que miden de forma indirecta la influencia de las distintas experiencias
de socialización, salvo la tenue relación entre el género y la frecuencia de
las discusiones sobre política en la infancia. La confianza social tiene una cierta influencia
sobre el apoyo democrático, pero es muy débil, lo que demuestra que el legado cultural
no explica el nivel de apoyo a la democracia. Por último, el valor de la constante y la
escasa, aunque significativa, capacidad explicativa del modelo, indica también
la creciente, aunque incompleta, naturaleza incondicional del apoyo a la democracia
en 1980.
(Tabla
2)
No obstante, en 1995 y en 2002, como puede
verse en la predicción de un modelo muy similar con datos de encuestas correspondientes
a esos años (tabla 3), el cambio de actitud, la aparición de la naturaleza
incondicional del apoyo y, por tanto, el
“efecto de consolidación actitudinal” ya se habían completado. En 1995, primero, la evaluación del régimen anterior
constituye, junto con la ideología, el mejor indicador del nivel de apoyo a la democracia
(con primeras diferencias de -0,4 y 0,4, respectivamente). Pero la ideología pierde su capacidad de
predicción en comparación con 1980. Este
resultado se debe probablemente a la despolarización ideológica con relación al
apoyo al régimen democrático que, como ya se ha comentado ampliamente, tuvo
lugar en el curso de los 15-22 años que separan estas dos encuestas de 1980. Por lo demás, los resultados son similares a
los de 1980, salvo en dos aspectos importantes. En 1995 podemos ver que la relación entre la legitimidad
del sistema y la situación material general (no personal) y la evaluación de
los logros políticos del sistema se hizo más fuerte. Con el paso del tiempo, los españoles también
parecían convencerse de las ventajas generales de la democracia, incluso el sector y las generaciones de españoles
más reticentes, gracias al buen funcionamiento de normas que garantizan el
juego limpio y los derechos de los actores políticos más importantes (ver
también Miller, Hesli y Reisinger, 1997). Aunque la capacidad predictiva de estas variables
sigue siendo mínima comparada con la ideología o la evaluación del régimen
anterior, muestran una relación significativa con el apoyo al nuevo sistema. Es importante tener en cuenta esto al intentar
vislumbrar aspectos que podrían deteriorar en un futuro la “zona de seguridad”
actitudinal, una vez establecida y consolidada la democracia. Segundo, se aprecia el descenso en la
influencia de la ideología y las variables de socialización.
El análisis con datos de encuestas del
año 2002 confirma la tendencia observada y, lo que es más importante, la
hipótesis fundamental (ver también la tabla 3): la disipación cada vez mayor del
efecto ideológico y la ausencia de efectos de las variables que miden la
influencia de las distintas experiencias de socialización, a excepción de las discusiones
sobre política en la familia durante la infancia. También podemos observar una importancia sutil
pero creciente de las variables de evaluación de los resultados de la política (realización
de los ideales democráticos) que notamos en los resultados del análisis con los
datos de 1995.
(Tabla 3)
En resumen, la creación de apoyo
incondicional mayoritario al sistema democrático en España se produjo sobre
todo durante la transición y se amplió durante el proceso de consolidación de
la democracia. Este cambio de actitud tiene
su origen en una combinación de factores políticos (sobre todo la aparición de
un pacto político inclusivo para la instauración del nuevo régimen y la
exclusión de “la cuestión del régimen” de la agenda política y la competencia
entre partidos) que surgieron durante aquellos años, aunque todo ello basado en
las oportunidades brindadas por el legado político del régimen no democrático. Este primer cambio rápido de actitud que tuvo
lugar en la transición no logró enterrar completamente la lucha política entre
la derecha y la izquierda que ha polarizado durante mucho tiempo la historia política
de España, pero redujo de forma considerable su influencia. Además, el posterior funcionamiento del sistema
democrático durante el proceso de consolidación y el discurso de los
principales actores de todo el espectro político favorecieron y completaron
este cambio actitudinal dando lugar a la estabilización de un apoyo
incondicional a la democracia.
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[1] Según Linz
(1978: 16, y 1988: 65), el apoyo a la democracia se puede considerar “la
creencia de que, pese a sus defectos y errores, las instituciones políticas son
mejores que cualquier otra opción posible”.
[2] Pese a lo que
otros expertos han defendido (Justel, 1992; McDonough et al., 1998),
este cambio de actitud se produjo sólo con el apoyo democrático y no con otras
actitudes ciudadanas, lo que generó una gran cantidad de “demócratas desafectos”
o “demócratas críticos” (Montero, Gunther y Torcal, 1997).
[3] No obstante,
como se ha argumentado, el apoyo al nuevo régimen y la aprobación de los
anteriores no democráticos no son exactamente caras opuestas de la misma moneda
y la segunda no es una condición previa para el apoyo democrático (McDonough,
Barnes y López, 1998: 50-51). Algunas personas podrían valorar de forma
positiva la experiencia del régimen no democrático y considerarla un paso
necesario en el camino hacia la modernidad y el progreso, y sin embargo darle
todo su apoyo al régimen democrático vigente (Linz y Stepan, 1996: 144-6).
[4] Las preguntas
planteadas fueron las siguientes: “En general, ¿diría que la situación política
(económica) actual es muy buena, bastante buena, ni buena ni mala, bastante
mala o muy mala?”. Las valoraciones positivas en la figura incluyen las
opciones “muy buena” y “bastante buena”.
[5] Para obtener
los datos del gráfico 3 se han
utilizado preguntas sobre el nivel de satisfacción con el funcionamiento del
sistema procedentes de encuestas del CIS y del Eurobarómetro (“En general, está
muy satisfecho, en parte satisfecho, no muy satisfecho o en absoluto satisfecho
con el funcionamiento de la democracia en España?” , pero para el periodo entre
1978 y 1983 se preguntó si “la democracia permite solucionar los
problemas de los españoles”.
[6] La cohorte de
más edad (la sexta, o generación de la monarquía)
está integrada por las personas nacidas en 1914 o antes, quienes en 1977 (cuando
se celebraron las primeras elecciones democráticas) tenían 63 años o más. Los
miembros de esta generación cumplieron los 17 años antes de 1931, lo que significa
que alcanzaron la edad adulta durante el reinado de Alfonso XIII, vivieron la
dictadura de Primo de Rivera, su declive y la llegada de
[7] Por ejemplo, si
queremos conocer la contribución de la generación más joven (la generación de
la transición o C2), tenemos que restar el coeficiente de la variable
de esta cohorte, 19,2, al coeficiente obtenido para la anterior (generación de
la liberalización o C3), 17,1. El resultado es 2,1.
[8] Esta cifra se
ha obtenido a partir de la constante en la ecuación [1], ya que la monarquía es la variable de referencia.
[9] Esta cifra
también se ha obtenido con la ecuación [1], constante + coeficiente 19,2 de C2,
que es la cohorte de la transición.
[10] El 64 por
ciento de la segunda generación tiene una valoración muy negativa o negativa de
Franco y el franquismo; sin embargo, estos porcentajes se reducen hasta el 52 por
ciento para Franco y el 49 % para el régimen en la tercera generación, y un 45
y 42 por ciento en la cuarta. Las diferencias entre las evaluaciones de las
otras generaciones varían sólo entre el 1 y el 3 por ciento. Las preguntas
planteadas por este estudio de la cultura política realizado por CIRES en 1991 fueron:
“Después de estos quince años, ¿cuál es su opinión sobre el régimen de Franco? (muy
positiva, positiva, ni positiva ni negativa, negativa, o muy negativa)”; y “¿Cómo
evaluaría la labor realizada por Franco como Jefe de Estado? (muy positiva,
positiva, ni positiva ni negativa, negativa, o muy negativa).”
[11] Según Linz y otros
(Linz, Gómez-Reino, Dario Vila y Orizo, 1981: 627-629), el 77 % de los
españoles manifestó que “la democracia era el mejor sistema político para un
país como el nuestro” y sólo un 15 por ciento no estaba de acuerdo con esta
afirmación.
[12] El punto de referencia
de esta regresión es el año 1996. Esta es la causa de que 1980 tenga un
coeficiente significativo y negativo, y 1998 y 2000 un coeficiente positivo y
significativo.
[13] En 1995 el
porcentaje de personas que apoyaba incondicionalmente la democracia en la
derecha (9, 10) y el centro-derecha (7, 8) fue del 49 y 65 por ciento respectivamente,
aunque estos porcentajes aumentaron en el año 2000 hasta el 88 y el 84 por
ciento. La diferencia de apoyo a la democracia entre la extrema izquierda y la
extrema derecha fue del 39 por ciento en 1995, pero esta cifra se ha reducido
hasta sólo el 10 por ciento en el año 2000. La diferencia en la posición de
centro-derecha se ha reducido del 25 por ciento hasta sólo el 6 por ciento. Estos
datos proceden de los estudios 2.154 y 2.384 del Banco de Datos del CIS.
[14] El valor “
[15] Para esta
encuesta he usado el bando con el que simpatizaba la familia del encuestado
durante