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PARTICIPACIÓN
POLÍTICA Y REDES SOCIALES EN MÉXICO: (Versión preliminar. No citar sin el permiso de los
autores) Gerardo
Maldonado Hernández Asistente
de Investigación y Mariano
Torcal Loriente Catedrático
de Ciencia Política Departamento de Ciencias Políticas y Sociales Universitat Pompeu Fabra Barcelona,
España Documento
preparado para el XIX Congreso Nacional y II Internacional de Estudios
Electorales. Sociedad Mexicana de Estudios Electorales. Guadalajara, México,
noviembre de 2007. Este
trabajo ha sido financiado como parte de un proyecto del Ministerio de Educación
y Ciencia del Gobierno de España (código: SEJ2004-21978E), a quien ve nuestro
reconocimiento. Igualmente deseamos agradecer al Comité Coordinador del Comparative National Elections Project
(CNEP) el consentimiento para hacer uso de las bases de datos del proyecto,
y en especial agradecemos al Dr. Alejandro Moreno, coordinador de la parte
mexicana del CNEP. El comportamiento político, en especial la
participación política y electoral, es un efecto no sólo de las características
personales (sociales, políticas, económicas) del ciudadano, sino también del
contexto social y las formas de intermediación alrededor de ese individuo.
Entendidas como el conjunto de interlocutores con quienes se mantienen
conversaciones sobre temas políticos, las redes sociales son un elemento
determinante de esa influencia social en el comportamiento político, pues son
igualmente un intermediario de información que un factor de participación. El propósito de este trabajo es responde a las
siguientes preguntas: ¿cuáles son las características principales de las redes
sociales de discusión en México? ¿Hay diferencias en la frecuencia y grado de
acuerdo de las conversaciones en las redes entre México y otras nuevas
democracias? ¿Hay en México más homogeneidad o heterogeneidad en sus redes
sociales de discusión? ¿Tiene esto un efecto en el contexto de un cambio
político, como fueron las elecciones federales de 2006? Estableciendo lo
anterior, hay dos ámbitos de investigación. Primero, ¿son estas diferencias
importantes en la participación política de los mexicanos? ¿La influencia de
las conversaciones políticas es igual para todos los modos de participación,
electoral y no electoral? Y segundo, además de la frecuencia y grado de
acuerdo, ¿hay sesgos partidistas en las redes sociales? ¿Estos sesgos influyen y
en qué medida en la decisión electoral? Lo que buscamos hacer es un análisis de la influencia
de las características de las redes sociales de discusión, específicamente su
grado de homogeneidad y el sesgo partidista, en las distintas formas de
participación política y electoral de los mexicanos en el proceso electoral
federal de 2006. Participación
política y redes sociales de discusión: preámbulo teórico Tal como se señaló hace varias décadas (Lazarsfeld, et
al., 1944; Barelson, et al., 1954), el comportamiento político es un acto
social, una decisión formulada colectiva y no sólo individualmente. Desde esta
perspectiva, la actividad política es una consecuencia de procesos sociales y
políticos estructurados. Incluso, llegó a establecerse que “una persona piensa,
políticamente, como es socialmente. Las características sociales determinan las
preferencias políticas” (Lazarsfeld, et al., 1944: 27). Esta determinación
social de la política, sin embargo, fue relegada en los estudios políticos de
las décadas siguientes. Hasta muy recientemente se ha vuelto a reconocer que
los individuos no son autónomos, sino que están rodeados de otros individuos,
con quienes —antes que otro cosa— discuten, conversan; y lo importante de esta
conversación es el flujo de información que propicia. Y como se sabe desde hace
tiempo, la información es uno de los elementos determinantes del comportamiento
político de los individuos, especialmente en los momentos de elecciones
democráticas (Álvarez, 1997). Durante las elecciones y las campañas, los individuos
necesitan información para poder tomar una decisión sobre su participación. Sin
embargo, la información no se transmite de forma directa, sino mediante otras
personas u organizaciones —pues los individuos tienen limitaciones cognitivas y
técnicas—, en otras palabras por el contexto social (Huckfeld y Sprague, 1995).
“Estas limitaciones inherentes en las habilidades en el procesamiento de
información sugieren que la capacidad de los individuos es vulnerable de ser
aventajada por recursos de información ya disponibles en el contexto inmediato.
Los límites en las capacidades y recursos individuales hacen que el contexto
inmediato para elegir políticamente sea particularmente importante” (Beck, et
al., 2002: 57). Por tanto, las actividades políticas, particularmente el voto,
está influenciado por estos intermediarios,
quienes pueden (o no) tener un sesgo partidista. Los intermediarios de
información en campañas electorales son importantes no sólo porque comunican
los mensajes al electorado tratando de inducir visiones y opiniones que
posiblemente afectar las decisiones políticas, sino que también “porque son
vistos por ellos mismos y los demás como mensajeros confiables cuyas
preferencias percibidas pueden directamente usarse como una pieza de
información crucial de información sobre la base de que cualquiera puede
decidir qué candidato o partido tiene su voz” (Magalhães, 2007: 210). Con base en lo anterior, las preguntas conducentes
son, primero, cuál o cuáles son las fuentes principales de información, cuál es
su alcance de influencia y en qué medida están sesgadas. El contexto social
agregado por los intermediarios es importante debido al hecho de que ellos “dan
contenido y significado a los temas políticos y orientaciones actitudinales que
son prominentes en las teorías de actores individuales del comportamiento
electoral […] y tienen una influencia directa en la decisión [política]
electoral al proveer de nueva información y de estímulos [a la participación] a
los individuos” (Beck, et al., 2002: 63). Luego entonces, el voto como otras
formas de participación no es solo una decisión afectada por las
características o predisposiciones individuales; están también influidas por
los diferentes intermediarios, mensajes políticos, grados de sesgo y
consecuencias de todos ellos. La literatura sobre comportamiento político ha
definido como un factor positivo el medio social, por ser una fuente de
información que facilita la formación de opiniones, actitudes y preferencias en
agentes, los ciudadanos, que normalmente tienen una capacidad de análisis de la
complejidad política limitada (Popkin, 1991). De entre los diferentes intermediarios que se pueden
identificar en el contexto social, y sus distintas habilidades de influencia,
uno de los más importantes son las redes
sociales de discusión. Como se ha señalado antes, la gente con quien se
tiene una relación cercana, especialmente familiares, domina estas redes;
aunque también se incluyen a los contacto regulares, como grupos de amigos,
vecinos, y compañeros de trabajo o juego. Su importancia general en términos de
sesgo político depende de las características de la esfera pública de cada
país. Éste es, de hecho, el tipo de intermediario más importante; después están
los medios de comunicación —especialmente los editoriales de periódicos— y,
finalmente, las organizaciones secundarias y los partidos políticos son
influyentes sólo en los votantes menos interesados (Beck, et al., 2002;
Magalhães, 2007). Además la influencia de un intermediario determina la de
otro. Por ejemplo, las redes sociales de discusión moderan la comunicación de
los medios de comunicación, reforzando o bloqueando el impacto de la
información masiva, “dependiente en las implicaciones evaluativos de esa
información y en la composición política de los votantes” (Schmitt-Beck, 2003:
233). Finalmente esto último es muy importante en este enfoque:
uno debe tener en cuenta si el ambiente personal de información es homogéneo sirviendo como un “anclaje
social de opiniones y actitudes” (Schmitt-Beck, 2003: 237); si es heterogéneo, usado como un “flanco
abierto” a través del cual otros intermediarios, como los medios masivos,
pueden infiltrarse socialmente, y tener acceso directo a las preferencias
individuales; o si es neutral —muy
raro— donde la gente no discute de política. La influencia social será entonces
el resultado de la cercanía o intimidad entre los diferentes interlocutores,
formándose redes sociales de discusión homogéneas. Y esta es la pauta general
en varios países. Sin embargo, el caso de México nos va a presentar un problema
a resolver: ¿qué ocurre cuando las redes sociales no tiene una discusión sólo
dentro de un grupo familiar sino que se amplia a discusiones entre diferentes
grupos y cuando estas discusiones tienen un mayor nivel de discrepancia? De
otra forma, ¿qué ocurre en la intermediación social cuando las redes sociales
son heterogéneas? Y además, ¿ello
influye en una situación de cambio en el comportamiento electoral? La
elección presidencial de 2006 en México: contexto de cambio electoral Como se sabe, uno de los hechos que caracterizaron el
año 2006 fue una larga campaña electoral —intensa y agresiva— especialmente
entre los dos principales candidatos a la presidencia. Por un lado, Andrés
Manuel López Obrador desarrolló una estrategia populista, enfocada
principalmente en la propuesta de aumento del gasto público en programas
sociales y la reducción de los sueldos de servidores públicos de alto nivel. Además,
condenó con énfasis el gobierno de Fox por la continuidad de un modelo
económico que, presumiblemente, no mejoró la calidad de vida de toda la
población, siendo especialmente afectados los pobres. Por el otro, Felipe Calderón
subrayó la continuidad de las políticas económicas, con el fin de acrecentar la
competitividad internacional del país y así crear más empleos. A mediados de
campaña realizó comparaciones provocadoras entre López Obrador y el presidente
de Venezuela, Hugo Chávez, con el propósito de exponerlo como un “peligro para
México”. Por su parte, Roberto Madrazo no apareció como una tercera opción verdadera
fuerte ante sus dos contendientes, pues siempre tuvo resultados muy pobres en
las encuestas preelectorales. En el caso del PRI es importante mencionar,
adicionalmente, que muchos de sus candidatos, a diferencia de los otros
partidos, prefirieron distanciarse de la figura del candidato presidencial con
el propósito de mejorar sus probabilidades de ganar un lugar (Langston, 2007). Otra característica relevante de 2006 fue el resultado
electoral altamente competitivo por la presidencia del 2 de julio.[1] Hay que
destacar la victoria inesperada del candidato del PAN sobre el contendiente del
PRD, quien al principio de la campaña se mantuvo como puntero en las encuestas.
No obstante, el triunfo del Calderón debe ser matizado. Por un lado, el PAN
ganó por segunda ocasión la presidencia no obstante su declive en seis puntos
porcentuales respecto a la elección presidencial anterior —perdió más del
margen alcanzado por Vicente Fox en 2000. Por el otro, su victoria no fue
categórica: inesperadamente, su principal competidor no estuvo siquiera a un
punto porcentual de distancia (véase Tabla 1). En este sentido, destaca el
hecho que López Obrador y su partido tuvieron un desempeño electoral muy bueno:
no sólo dobló el resultado del PRD comparado con 2000, sino también alcanzó el
mejor resultado electoral en la historia de su partido. Al mismo tiempo,
sobresale el tercer lugar obtenido por el candidato del otrora hegemónico PRI.
Madrazo hizo lo contrario a López Obrador: el PRI no sólo perdió más de 14 por
cierto de su voto, sino también obtuvo su peor resultado en elecciones presidenciales. [Tabla 1 por aquí] Y la tercera característica de 2006 fue, sin duda, el
conflicto postelectoral que inició la noche misma de la jornada electoral y que
duró por varios meses y que derivó de los niveles tan elevados de confrontación
(Klesner, 2007c; Aguilera y Reniu, 2007). El candidato del PRD desafió abiertamente
el resultado electoral no sólo por una presunta ilegalidad en los
procedimientos de la jornada electoral (señalando la necesidad de un recuento
total de votos) sino también por inequidad de la competencia. López Obrador
utilizó dos estrategias (Eisenstadt, 2007): de un lado, cuestionó mediante
procedimientos legales establecidos el resultado, acudiendo a la instancia del
Tribunal Federal del Poder Judicial de Por tanto, el último proceso electoral federal en
México ha sido la elección más competida de su historia reciente. Primero, la
campaña fue intensa y de continuas confrontaciones programáticas, ideológicas y
personales. Segundo, el resultado fue muy ajustado y de alta confrontación. Y
tercero, este escenario derivó en un conflicto postelectoral de varios meses,
donde se pusieron a prueba las instituciones electorales nacionales. Además del
proceso en sí, las elecciones de 2006 fueron no sólo muy competitivas, sino que
fueron además un cambio electoral,
una transformación en el comportamiento electoral de los mexicanos. Esta
conclusión deriva de una sencilla comparación, por lo menos, entre las
condiciones que determinaron el comportamiento de las dos últimas elecciones presidenciales.
En 2000, los factores que explican el resultado de las
urnas estuvieron estrechamente relacionados con una decisión pro-régimen o
anti-régimen, los votos priista y antipriista (Lawson y Klesner, 2004; Klesner,
2004): edad, socialización, nivel educativo y partidismo. De acuerdo con
algunos especialistas, en 2000 ocurrió una suerte de reemplazo generacional en
el electorado mexicano que llevó a la victoria de Vicente Fox: aquellos que
votaron por él eran más jóvenes, socializados en un época en que el PRI compite
en varias elecciones, con un nivel educativo más elevado y con una
identificación partidista con partidos de oposición (Moreno, 2003). En este
mismo sentido, para otros (Ortega, 2004), si se miran los resultados de las
elecciones presidenciales en México en las últimas cuatro décadas (Figura 1),
es relativamente posible que las elecciones mantuvieran cierta tendencia,
acentuada en los últimos años: el declive del PRI, el apoyo creciente al PAN y
la estabilidad del PRD en la tercera posición. Así, el saldo de 2000 se puede explicar
como resultado de una tendencia latente —aunque esta conclusión merece más
reparo. Adicionalmente, algunos investigadores (Lawson, 2004b; Moreno, 2004)
encontraron que la campaña electoral de 2000 alteró la conclusión de la
competencia: el efecto de los medios de comunicación y de las estrategias de
campaña fueron decisivas. [Figura 1 por aquí] Por el contrario, en 2006 muchos de estos factores no parecen
explicar con tanta certidumbre el resultado de la elección —una vez que ha
desaparecido la disyuntiva entre un voto priista y anti-priista la competencia
política resultó otra. A primera vista, las causas del comportamiento en la
última elección presidencial fueron el nivel de ingresos, el lugar de
residencia (rural o urbana) y la confesión religiosa. Mirada con cierto detalle
la distribución geográfica de los resultados electorales, parece relativamente
claro que hubo una división regional del voto entre un México norte y un México
sur,[2] cada uno
con diferentes preferencias electoral como una expresión de sus diferencias
socioeconómicas y culturales (Baker, 2006; Klesner, 2007a). Casi en automático,
esta división regional de las preferencias electorales se entiende como una
fuerte segmentación social de la población mexicana.[3] No obstante, un análisis más profundo sugiere que
estas variables por sí solas no muestran un retrato adecuado del electorado
mexicano y de su comportamiento en 2006. Algunos otros factores, no socioeconómicos,
parecen ampliar esta explicación. Por un lado, la identificación partidista continúa
como un mecanismo importante en la decisión del voto. Sin embargo, con el
nuevamente triunfante PAN (ahora ganador de dos elecciones presidenciales), el
crecimiento del PRD y el declive del PRI, la identificación ha cambiado y, en
términos generales, decreció en la última elección —sin embargo, aun no se
puede concluir si es una desalineación o una realineación partidista (Moreno y
Méndez, 2007). En este mismo sentido, la definición ideológica entre izquierda
y derecha puede resultar un factor explicativo. Por el otro lado, hay evidencia
también de una decisión racional de los votantes mexicanos basada en la
percepción individual sobre el desempeño económico y la aprobación del gobierno,
las cuales tienden a hacer lógico el éxito de Calderón y del PAN (Moreno,
2007). Dicho lo anterior, el propósito de este trabajo es
analizar la influencia de los elementos de las redes de discusión en la
participación política y electoral de los mexicanos en la pasada elección
federal, tomando como base este contexto de alta competencia y cambio político. Datos y
variables Para analizar empíricamente el efecto de las redes
sociales sobre la participación política en la elección presidencial de 2006 hemos
utilizado los datos del Proyecto de Elecciones Nacionales Comparadas (CNEP, Comparative National Elections Project).
El CNEP propone reunir y analizar información, mediante la aplicación de
encuestas de representación nacional, sobre los procesos de intermediación a través de los cuales
los ciudadanos reciben información sobre políticas públicas, partidos
políticos, candidatos y política en general durante el tiempo de campaña
electoral, tanto en viejas como nuevas democracias. La finalidad teórica del
CNEP es revivir la perspectiva de investigación largamente olvidada de El análisis que hacemos aquí ha utilizado distintas
variables dependientes, de acuerdo con los modelos que hemos construido y que
se señalarán más adelante. Sin embargo, es posible decir que en todos los casos
hemos utilizado la probabilidad de lleva a cabo una acción o decisión política
(como el hecho mismo de votar, o haber votado a un partido político
determinado) frente a la probabilidad de no cometerla. Así, la variable adopta
el valor de 1 si el encuestado responde haber actuado o haber votado por un
partido político y 0 cuando declara no haber actuado o haber elegido a un
partido distinto. Por lo que hace a nuestra principal variable
independiente o explicativa, el CNEP nos permite analizar distintos elementos
de las redes sociales de discusión en el ámbito individual, no sólo su
composición sino también su funcionamiento habitual. Para los fines de este
trabajo, y en correspondencia con la literatura sobre el tema, haremos un
análisis de las redes sociales de discusión con base en distintos tipos de
interlocutores y desde tres perspectivas: 1) la frecuencia de las conversaciones sobre política (específicamente
sobre la campaña); 2) el grado de acuerdo
que hay en estas conversaciones entre los individuos y 3) el voto atribuido a
los interlocutores con quienes el encuestado declara haber mantenido
conversaciones. Con ello podemos conocer cuál es la composición de las redes
sociales de conversación (como el nivel de homogeneidad o heterogeneidad) y los
sesgos partidistas, todo lo cual esperamos nos ayude a establecer su influencia
en la participación política y electoral. Como también se detallará más
adelante, todos los modelos incluyen variables de control sobre las
características socioeconómicas y las orientaciones y actitudes políticas de
los encuestados. La razón de incluir estos controles es probar la hipótesis de
que las opiniones y preferencias de las redes sociales no son sólo un correlato
directo de las preferencias políticas del encuestado. También, aprovechando la riqueza del CNEP, presentamos
a continuación un análisis comparado con otros países, los cuales han sido
incluidos en la última fase del Proyecto. Con el objetivo de señalar las
peculiaridades del caso mexicanos hemos decidido seleccionar sólo casos de nuevas
democracias, pues es bien sabido que los efectos de los intermediarios varían
fuertemente respecto a las democracias establecidas (Gunther, Montero y Puhle,
2007). Se han elegido dos casos latinoamericanos, Chile y México, y dos democracias
europeas: una del sur (España) y otra del centro (Hungría). Estos casos son
todos de democratizaciones relativamente recientes —España y Chile, antes— y
todos, hasta la fecha, han derivado en sistemas estables con pluralidad
partidista. Redes sociales
de discusión en México en perspectiva comparada Como dijimos antes, el proceso electoral de 2006 en
México supuso la implicación en un alto grado y en distintas formas de
participación en el ámbito público, no sólo mediante una difícil decisión
electoral, sino también en otros modos de participación política. Sin embargo,
puede ser que los eventos del año pasado, al menos desde la óptica del
comportamiento en el ámbito de los ciudadanos, no sean del todo infrecuentes en
las democracias contemporáneas. Como se puede observar en la tabla 2, el nivel
de participación de los mexicanos no se distingue por mucho de otros países. Al
tomar sólo algunos ejemplos de democracias europeas —como Noruega con altos
niveles de participación no electoral o Portugal tradicionalmente con bajos
nivel de participación—, México se acerca al tipo y modos de participación de estas.
La participación electoral, o voto, es el principal modo de manifestarse
políticamente.[4]
Le sigue el nivel de la participación comparativamente alto en mítines
organizados por partidos políticos. A continuación se ubican la participación
en actos de protesta pública y el trabajo de colaboración con algún partido u
organización política. Así, México a primera vista no tiene un patrón distinto
de participación a otras democracias.[5] [Tabla 2 por aquí] Por otro lado, la tabla 3 muestra que la decisión de
voto no se discutió exclusivamente entre los dos principales candidatos
presidenciales.[6]
Una vez al individuo se le ha preguntado cuál fue su decisión de voto, se pueden
analizar sus otras preferencias políticas. Al respecto destacan un par de
cosas. Uno, la respuesta de mayor proporción a la pregunta sobre una segunda
opción es “ninguno” (es decir, de tener que elegir otro candidato, una buena
proporción no lo haría); luego le sigue Calderón, pero interesa el hecho de que
Patricia Mercado del PASC destaca como una opción posible. Segundo, de los
candidatos por los cuales nunca se votaría, López Obrador es el principal, pero
no el único: muy cerca está el candidato del PRI. Por tanto, si bien hubo un
alto nivel de competitividad entre Calderón y López Obrador, no es posible
sostener que fueron ellos las dos únicas opciones dentro de la competencia. [Tabla 3 por aquí] Por lo que corresponde a la frecuencia de
conversaciones en las redes sociales de conversación, presentada en la tabla 4,
en el caso mexicano la cercanía familiar es indudablemente un factor
importante, pero también lo es la igualdad estructural con otros grupos menos
cercanos. Entre los mexicanos, se tienen conversaciones más a menudo con los
compañeros de trabajo que con la pareja o familiares cercanos. Respectivamente,
hay menos frecuencia de discusiones sobre la campaña con la pareja, y luego con
los amigos. [Tabla 4 por aquí] En términos comparativos el caso de México resulta
interesante pues no sigue en términos generales el mismo patrón de las otras
nuevas democracias analizadas, donde es posible ver la evidente asociación
entre la cercanía íntima y familiar y la frecuencia de las conversaciones. Los
casos de Chile, España y Hungría muestran que hay mucha menos frecuencia de las
conversaciones con los compañeros de trabajo y, especialmente, con los vecinos
(en todos los países hay 70% en la inexistencia de conversaciones; mientras que
en México, este mismo rubro sólo es de 8%). El grupo de interlocutores “amigos”
tiene una distribución en estos países un tanto más homogénea. En México, a
diferencia de los otros países, las discusiones de los individuos ocurren más
frecuentemente entre distintos grupos
y menos dentro de un mismo grupo,
siempre familiar. Resulta necesario mencionar también que el caso
mexicano de la elección presidencial de 2006 tuvo una conducta relativamente distinta
por entero a la elección de 2000. La tabla 5 muestra —con base en datos de los
dos Estudios Panel desarrollados en México en las últimas elecciones
presidenciales— que la efervescencia política de 2006 no implicó un cambio drástico
en la frecuencia de conversaciones políticas entre los mexicanos, la mayor
proporción de ellos dice conversar “rara vez” con otras personas. Sin embargo,
la proporción acumulada de las dos primeras categorías es menor en 2006 que en
2000. Otro cambio interesante es el aumento en el porcentaje de ciudadanos que
declararon no discutir “nunca” sobre temas de campaña con los demás. [Tabla 5 por aquí] Al analizar ahora el grado de acuerdo en las
conversaciones según los distintos interlocutores, véase los datos de la tabla 6,
en México se puede decir que sus ciudadanos están relativamente más de acuerdo
con la pareja y los familiares cercanos que con otros grupos; aunque esta no es
un diferencia muy grande. (De hecho llama la atención el 17% de desacuerdo con
el grupo de “esposo/a”). En esto, el caso mexicano se vuelve a distinguir o
separar del patrón de los otros casos analizados, donde de manera general el
grado de acuerdo es mayor. Si bien los datos de Chile no permiten una comparación
adecuada, es aceptable establecer una correlación entre la cercanía personal de
los interlocutores y el grado de acuerdo con ellos. En España,[7] la
conclusión es que hay un alto nivel de acuerdo en los ámbitos familiares, siendo
predominante la categoría de acuerdo “algunas veces” y la ausencia de un grado
de desacuerdo. México, en cambio, tiene un grado de desacuerdo en casi todos
los grupos mayor a 10%. Finalmente, Hungría es sugestiva pues de los países
comparados es el de mayor grado de acuerdo en todos los grupos de
interlocutores y de mayor acuerdo en contextos cercanos a los individuos
(especialmente el 80% de acuerdo “a menudo” con la pareja). Entre los húngaros,
sólo se separa de este patrón el grupo de “compañeros de trabajo”, y —como los
españoles— hay una práctica inexistencia de desacuerdo. A diferencia, México
presenta un nivel de acuerdo mucho menor: con la pareja hay una proporción de
acuerdo menor que con otros familiares y amigos. [Tabla 6 por aquí] Los resultados de estos países confirman la tendencia
general hacia ambientes de alta homogeneidad, con una concentración en los ámbitos
familiares.[8]
Sin embargo, México se distingue de esta pauta: los contextos de las redes de
conversación mexicanos son menos homogéneos y están distribuidos de forma más
proporcional entre distintos grupos de interlocutores. En otras palabras, se
confirma el grado de heterogeneidad de las redes sociales de discusión en
México: hay más fuentes y hay más discrepancias. Las diferencias son
importantes pues, como se señaló párrafos antes, el nivel y los modos de
participación política de México no se diferencian ampliamente de otras
democracias, aunque la alta competitividad electoral fue definida sólo entre
dos candidatos. Pasamos ahora a analizar las consecuencias de composición y
funcionamiento de las redes sociales de conversación en el comportamiento
político de los mexicanos en 2006. Redes
sociales de discusión y participación política: propuesta de modelo La participación política es un fenómeno de varias
dimensiones; no obstante, se puede definir de forma genérica, para distinguirla
de otras formas de comportamiento político, como la “acción del ciudadano
ordinario dirigida a influir en algunos resultados políticos” (Brady, 1999: 737;
véase también Verba y Nie, 1972). La participación política puede dividirse y
analizarse de diferentes formas. Para el análisis de la influencia de las redes
sociales de discusión en el nivel y modos de participación durante un proceso
electoral hemos elaborado cuatro modelos que se corresponden con las propuestas
más importantes (Verba y Nie, 1972; Verba, Nie y Kim, 1978; Barnes, Kasse y
otros, 1979) y las más recientes (Brady, 1999; Norris, 2002; Newton y Montero,
2007) en la literatura, así como las explicaciones sobre redes sociales. Estos
modelos distinguen cuatro formas de participación política que se relacionan
con la elección presidencial de 2006: la participación electoral o voto; la
asistencia a mítines de partidos políticos; el trabajo activo con estos partidos
y la participación en protestas públicas. De acuerdo con una clasificación
reciente (Torcal, Montero y Teorell, 2006: 58), el primero de estos modos de
participación política es uno del tipo de autorregulación anónimo y los otros
tres son de participación personal activa. Por lo que hace a la posible
influencia de las redes de discusión es necesario decir, por un lado, que el
voto es una actividad que no confronta abiertamente al individuo con sus
interlocutores, pues es una acción normalmente secreta y, por el otro, que los
mítines, el trabajo partidista y las protestas sí son actividades que presupone
una confrontación o demostración pública frente a las personas que rodean al
individuo. Cada uno de los modelos que proponemos incorpora las
variables que consideramos las más relevantes para explicar la participación
política.[9] El
primer grupo de variables, el más importante en este trabajo, corresponde a la
influencia que tienen las características de las redes sociales en la participación. Aquí se distinguen dos
variables: una que establece la “frecuencia de las conversaciones” y otra el
“grado de acuerdo” con el interlocutor. Esta diferenciación es importante pues
pone a prueba en el caso de México los hallazgos más importantes en la literatura
sobre redes sociales. Con base en ellos, proponemos dos hipótesis de trabajo.
Primero la interacción de una red es un incentivo en la propensión de los
individuos a participar políticamente (McClurg, 2003) y, segundo, el grado de heterogeneidad
en las discusiones de una red social es un factor desalentador de la
participación (Mutz, 2002a y 2006). En este sentido, esperamos que en el caso
de la variable de “frecuencia” haya una asociación negativa con todas las
formas de participación: a menor frecuencia, menor probabilidad de participar.
Para la variable “grado de acuerdo” esperamos también que el resultado sea
similar: un coeficiente negativo y significativo en todos los modelos (a menor
grado de acuerdo, menor probabilidad de participación). En los modelos hemos incluido algunas variables de
control importantes en la explicación del comportamiento individual (Ferrer,
Medina y Torcal, 2007). Un grupo de variables detalla la posible influencia que
tienen las características y los recursos socioeconómicos individuales en la
participación: género, edad, prácticas religiosas, nivel de educación e
ingresos económicos. Como se sabe, la posición en la estructura socioeconómica
y, sobre todo, los recursos personales son un terminante en la probabilidad de
los ciudadanos a participar (Brady, Verba y Schlozman, 1995; Verba, Schlozman y
Brady, 1995). Un segundo grupo de variables busca controlar el peso de las
actitudes e identidades políticas en la predisposición a participar. En tanto,
se analiza la posible influencia del interés en la política, las identidades
partidistas (Campbell y otros, 1960) y las preferencias ideológicas (Parry,
Moyser y Day, 1992) en los modos de participación. Finalmente, el cuarto
conjunto de variables establece la participación individual en organizaciones y
asociaciones. Como se ha señalado con insistencia en años recientes, es posible
prever que la implicación social en distintas formas de asociaciones favorezca
también la implicación en la política, dado el presumible desarrollo de una
sociedad más cívica (Putnam, 1993 y 2000). Para comprobar empíricamente nuestras hipótesis, como
se dijo antes, se han construido cuatro modelos, cada uno corresponde a los
diversos modos de participación. En cada modelo la variable dependiente es
dicotómica: se busca saber si el individuo ha participado o no (por ejemplo, si
el individuo voto o no en las elecciones federales de 2006). Con esta
determinación dicotómica de las variables dependientes, la técnica de
explicación seleccionada para predecir la probabilidad de la participación es
la regresión logística o método de la máxima verosimilitud, con el cual se
puede producir una función de la probabilidad de obtener una muestra como la
dada por los parámetros del modelo, si este es certero. [Tabla 7 por aquí] La tabla 7 presenta las estimaciones resultantes de
los cuatro modelos. En términos generales, todos los modelos son
estadísticamente significativos; es decir, que la especificación de las
variables independientes predice en cierto grado los valores de la variable
dependiente de cada modelo. El modelo de voto corrobora nuestra hipótesis de
que las redes sociales de discusión tiene una influencia importante en la
participación electoral. De manera particular, es interesante ver que la variable
significativa es el grado de acuerdo con el interlocutor. Este resultado
muestra que a medida que hay mayor desacuerdo en las conversaciones políticas —o
dicho de otra forma: a mayor heterogeneidad de la red de discusión—, la
probabilidad de ejercer el voto es menor. En el modelo de asistencia a mítines
también las redes sociales de discusión tienen importancia, pero en un sentido
diferente al voto. Aquí resulta relevante la frecuencia de las conversaciones
políticas. El resultado señala que a menor frecuencia de conversaciones, la
probabilidad de asistir a mítines partidistas disminuye. En el caso de México,
esto es importante pues cómo se detallo antes (véase tabla 5), no obstante el
buen nivel de conversaciones entre distintos grupos, el nivel de frecuencia no
es en general elevado.[10] Un caso
especial es el de modelo de trabajo en partidos políticos, pues aquí el tipo y
actividades de las redes sociales no ayudan a predecir la propensión a esta
labor.[11] El
último modelo, el correspondiente a las actividades de protesta, vuelve a
mostrar la relevancia de las conversaciones políticas como incentivo a la
participación. Como en el caso de los mítines, la probabilidad de protestar
públicamente disminuye a medida que disminuye la frecuencia de interacciones informales.
Finalmente, en términos de participación política es
posible establecer una inferencia general de la influencia de las redes
sociales. Comparado los resultados de los cuatro modelos, se muestra que la
heterogeneidad de la red social sólo tiene efecto en las actividades políticas
de no confrontación. Por lo tanto, a diferencia de lo que propone Mutz (2002a y
2006) para el caso de los Estados Unidos, en México la heterogeneidad de las
redes de conversación no es un factor que dificulte las actividades políticas
de confrontación pública. En este sentido, tal como lo planteó McClurg (2003),
la interacción con interlocutores es un incentivo para la participación especialmente
la no electoral. A diferencia de otras experiencias (Huckfeldt y Sprague, 1995;
Zuckerman, et al., 1998), en México hay una menor tendencia a que las redes
sociales sean una fuerza conservadora que cree “monopolios de opinión
política”. Redes
sociales de discusión y voto: propuesta de modelo Como se dijo antes, el voto no es sólo una decisión
personal, sino también social, colectiva; luego entonces, las preferencias de
las personas que están alrededor influyen en nuestras propias decisiones
electorales. Con el objetivo de analizar la influencia de las redes sociales en
la decisión de voto hemos elaborado cuatro modelos (con tres sub-modelos cada
uno) donde se ponen a prueba distintas hipótesis sobre el comportamiento
electoral. Cada uno de los modelos está pensado para analizar el peso y la importancia
de las redes y contextos sociales.[12] En estos modelos hemos hecho una diferenciación
importante entre la red social y el contexto social: la primera se refiere
las interacciones sociales en las que el individuo ha decido entrar y la
segunda es un elemento de la estructura social que rodea al individuo pero en
la que no influye (Huckfeld y Sprague, 1995; Zuckerman, et al., 1998). No
obstante la diferencia es importante, las consecuencias pueden ser previsiblemente
similares: las discusiones políticas tienen indudablemente una influencia
poderosa en el comportamiento electoral, pues el contenido y la intermediación
de las discusiones importa (Beck, et al., 2002; Zuckerman, 2005; Gunther, et
al., 2007; Richardson y Beck, 2007; Magalhães, 2007) y el formar parte de una
situación contextual —ya sea de clase social, étnica o de competencia política—
hace a los individuos a mostrar determinados intereses y percepciones políticas
(Zuckerman, et al., 1998: 286). En este sentido, hemos construido dos grupos de
variables explicativas respecto a las redes sociales de discusión y el contexto
social con el fin de poner a prueba distintas hipótesis de trabajo. Por lo que
hace a las redes sociales, nuestra hipótesis es que la preferencia o sesgo
partidista de los interlocutores en las conversaciones políticas tiene un
efecto en las propias preferencias electorales de los ciudadanos. Además, hemos
distinguido dos tipos de interlocutores, a la pareja y al siguiente
interlocutor declarado (que puede ser indistintamente otro familiar, un amigo o
compañero de trabajo). En esta caso nuestra hipótesis es que el tipo de
interlocutor es importante: cuanto más familiar o íntimo es el interlocutor,
mayor es la influencia en la decisión del voto. El propósito es saber si el
sesgo depende asimismo del tipo de interlocutor, y para cada uno hemos
establecido si este interlocutor tiene la misma preferencia—es decir si entre
ambos están de acuerdo en la decisión de voto— o es distinta, habiendo decisiones
distintas. Para identificar la importancia de los distintos contextos
sociales, hemos confeccionado dos tipos de variables asumiendo que un nivel
adecuado para establecer el efecto del “contexto” es el ambiente de competencia
política de cada estado federal;[13] en
otras palabras, hemos elaborado dos tipos de regionalización. En primer lugar
hemos establecido una diferencia entre dos tipos de regiones: una de estados
donde ganó el candidato del PAN y otra de estados donde ganó el candidato del
PRD. Nuestra hipótesis es que un determinado contexto social —en este caso, el estado
y su tipo de competencia política— tiene un efecto en la decisión electoral.
Con ello, no sólo podemos medir la repercusión de esta diferenciación entre un
México Norte y uno Sur, que parece haber sido muy importante en la elección de
2006 (Lawson, 2006; Baker, 2006; Klesner, 2007b), sino establecer también si
este tipo de regionalización explica el voto. En segundo lugar proponemos otra
regionalización, también con base en los estados y su competencia política,
pero con un grado de definición más detallado: se diferenciaron los estados
respecto no sólo a quien obtuvo el primer lugar sino también a quien quedó en
segundo en las elecciones presidenciales. Así, determinamos cuatro tipos de
regiones, de acuerdo a las combinaciones posibles con los tres principales
partidos políticos (el PAN, el PRD y también el PRI, aunque en ninguna “región”
éste ocupa la primera posición). Los cuatro modelos que hemos formulado corresponden a las
combinaciones de estos dos grupos de variables: dos modelos incluyen las variables
de “redes sociales” y dos modelos incluyen las variables de “regionalización”. Además,
en todos los modelos hemos incluido otros dos conjuntos de variables de
control, que son importantes en la predicción del comportamiento electoral. Uno
grupo corresponde a las características individuales y sociodemográficas:
género, edad, asistencia a servicios religiosos, nivel de educación, ingreso y lugar
de residencia (rural o urbana). El otro conjunto de variables son las opiniones
y actitudes respecto al gobierno y la política: la evaluación personal sobre la
situación política y la situación económica del país; el interés por la
política y por la campaña; la identificación partidista y la ideología
política. Estos cuatro los modelos los hemos dividido en tres sub-modelos de
decisión del voto. Así, para cada modelo hemos analizado de manera diferenciada
las decisiones del voto entre los tres principales partidos políticos,
determinando tres distintas variables dependientes dicotómicas: primero la
probabilidad del voto por el PAN frente al PRI, otro es la probabilidad de
votar PAN frente al PRD y tercero la probabilidad del decidir al PRD frente al
PRI. Al igual que en el análisis de los modos de participación política, dada
la naturaleza dicotómica de las variables dependientes (votar a uno u otro),
hemos utilizado la técnica de máxima verosimilitud o regresión logística. [Tabla 8 por aquí] En la tabla 8 se recogen los resultados de los
coeficientes significativos de los modelos de regresión logística. De forma
general, todos los modelos son estadísticamente significativos. Más
específicamente, cabe mencionar que la incorporación en los modelos 2 y 4 del
conjunto de variables de redes sociales —interlocutores y sus sesgos— implica
un incremento en la capacidad explicativa del modelo (casi del doble); no
obstante, la agregación de las variables de contexto social (regionalización B)
en los modelos 3 y 4 no comporta una mejoría relevante en la misma capacidad
explicativa. Dicho de otra manera, se confirma la hipótesis de que las redes
sociales de discusión tienen una influencia importante en la preferencia
electoral. En el modelo 1 hemos evitado deliberadamente incluir
las variables de la influencia social con el fin de contrastar los resultados
cuando trabajemos con distintas variables. El segundo modelo agrega las
variables de redes sociales de discusión (y no de contexto social o
regionalización). Aquí es clara nuestra suposición: el sesgo partidista de los
interlocutores en las discusiones políticas explica bien la decisión del voto:
tener un interlocutor con quien se comparte la misma preferencia de voto
incrementa la probabilidad de vota por ese partido; y al contrario, estar en
desacuerdo disminuye esa probabilidad. El primer sub-modelo (PAN/PRI) es llamativo
porque en él sólo son relevantes los sesgos de la pareja y no otros
intermediarios; y en el último (PRD/PRI) pesan más los sesgos de la pareja que
otra persona. Por tanto, nuestra hipótesis se confirma para algunos tipos de
competencia: las decisiones electorales que involucran votar por el PRI son
primordialmente determinadas por las conversaciones políticas en un ámbito
íntimo. Más adelante, en el modelo 3 incluimos sólo el factor
de contexto social (o de regionalización más detallada) y no de redes sociales.
Al eliminar estas últimas desaparece la influencia de las características
individuales. Lo más interesante en este modelo es que la regionalización del
país en una competencia política más detallada, o dicho de otra manera, las
variables del contexto social, importa porque señalan con cierta claridad dos
cosas: primero, que la hipótesis del “contexto social” se sostiene y segundo, que
el PRI continua siendo una opción política, disminuyendo en los sub-modelos
respectivos la probabilidad de votar por el PAN o por el PRD. La probabilidad,
entonces, de votar al PAN y al PRD claramente disminuye en un estado donde el
PRI está en segunda posición, comparativamente en contexto donde sólo compiten
aquellos dos. El último modelo incluye los dos tipos de variables que agregar
toda la influencia social en la decisión del voto. Destaca, en primer lugar,
que tanto las redes sociales como los contextos sociales tienen un poder
explicativo importante en el comportamiento electora con lo cual se puede ver
cómo funcionan todas las hipótesis en conjunto. En el sub-modelo de decisión
PAN/PRI se manifiesta nuevamente la relevancia de las discusiones sólo con la
pareja. Es interesante que en contextos sociales donde el PRD es primer lugar y
segundo el PRI, la proporción por el PAN disminuya, y no aumente como sería
presumible en la hipótesis de una verdadera división de todo el país sólo entre
Calderón y López Obrador. En el caso de la competencia entre estos dos, el
acuerdo o desacuerdo con los dos tipos de interlocutores es lo más importante. Finalmente,
en el tercer sub-modelo cuentan también los diferentes intermediarios y el
contexto social. Finalmente,[14] las
hipótesis y modelos de la influencia social en el voto (redes y contexto),
aunadas a la identificación con partidos políticos, prueban ser buenos factores
para predecir las decisiones electorales de los mexicanos en la pasada elección
presidencial. Conclusiones
y discusión En la última elección presidencial, los mexicanos se
enfrentaron a una situación donde la intensidad de la competencia política
inundó la esfera pública de diversas formas: una campaña política agresiva, un
resultado electoral muy reñido y un conflicto postelectoral riesgoso.
Consecuentemente, el nivel de discusión y confrontación políticas, aunque
previsibles, parecían desconocidas en el país; y los ciudadanos tuvieron varias
opciones para manifestar estas posibles diferencias, no sólo mediante el voto,
sino también en mítines y protestas. Así, en este trabajo nos propusimos
analizar y explicar en el caso mexicano la influencia de las redes sociales de
discusión política en los diversos modos de participación política y,
específicamente, en la decisión del voto por el presidente. Con base en lo anterior, los resultados encontrados
muestran dos cosas muy relevantes. Primero, asumiendo la presumible
politización de la ciudadanía mexicana, los patrones de participación se
diferencian relativamente de otras democracias; es decir, que hubo más excepcionalidad
democrática de lo esperado. Y segundo, que en línea con los resultados también
de otras democracias, podemos concluir que —pese a ocupar un lugar relegado en
la literatura sobre comportamiento político— las redes sociales de discusión
posee una influencia poderosa en las distintas formas de participación política
y electoral, tomando en consideración fundamentalmente la frecuencia de las
conversaciones, el grado de acuerdo y el sesgo partidista en ellas. En un
estudio más detallado, resulta que México se separa del patrón de otras
democracias. Lo normal es que las discusiones políticas ocurran con más
reiteración dentro de un mismo grupo
personal, el ámbito familiar, y que en estas discusiones se esté básicamente de acuerdo; en otras palabras, que haya
un alto grado de homogeneidad en las redes sociales (Mutz, 2006; Zuckerman,
2005). Sin embargo, en México las redes sociales son más heterogéneas. Como se
mostró en este trabajo, las discusiones políticas ocurren con más frecuencia entre grupos de distintos ámbitos y en
ellos se está un nivel relativamente más desacuerdo
que en otros países. En el primer modelo propuesta de análisis de este
trabajo, las formas de participación política están claramente influidas por
las redes sociales. En correspondencia con estudios previos, la heterogeneidad
de las redes de discusión tienen claramente un efecto en la participación electoral:
“tener amigos y colegas de diferentes visiones políticas hace menos probable
que una persona vote” (Mutz, 2002a: 844). En este sentido, una hipótesis que
podría analizarse posteriormente es la asociación entre la heterogeneidad de
las redes de discusión y el nivel de abstención electoral en México, la cual ha
tendido ha incrementarse. Sin embargo, a diferencia de lo que encuentra Mutz
(2006) esta heterogeneidad no tiene efecto en otras formas de participación,
aquellas que sí implican una confrontación pública. Puede ocurrir que la
discrepancia política abierta no sea una limitación para participar, pues en
México la discusión en redes, si bien son heterogéneas, no es tan cercana o
familiar al individuo. De otra parte, queda señalado que a menor frecuencia de
conversaciones, hay menor probabilidad de participar (como señala McClurg,
2003). En este sentido, el caso de México importa pues si bien la poca
homogeneidad no implica baja participación, éste puede deberse a la poca
frecuencia general de conversaciones políticas. Por lo que hace al segundo modelo de estudio propuesto,
la intermediación de las redes sociales de conversación prueba ser un elemento
relevante en la decisión del voto para presidente en México. Como se estableció
hace más de seis décadas (Lazarsfeld, et al., 1944; Berelson, et al., 1954) y
se ha vuelto a insistir recientemente (Beck, et al., 2002; Zuckerman, 2005; Gunther,
et al., 2007), el voto es una decisión no sólo individual sino también social. Como
en otras democracias, en México la influencia social esta altamente asociada
con expresiones de preferencias y comportamiento políticos. En este trabajo los
resultados han ilustrado a la posibilidad de que las conversaciones políticas
pongan en consonancia las preferencias de los electores con su red social; y
que la red de interlocución tiene una influencia significativa en el voto,
siempre en la dirección de los sesgos partidistas. Y en ese sentido, los
hallazgos de este trabajo son sugestivos. Tomando como base esta marcada
influencia, es posible poner en discusión algunos de los elementos que se han
señalado como determinantes del resultado de la elección presidencial. Por un
lado, la elección de 2006 no está relacionada con una división regional entre
el norte y el sur, menos aun entre clases sociales o ideologías políticas.
Cuando se introducen las variables de influencia social, queda claramente
verificado que el voto de los mexicanos estuvo altamente influido —considerando
la identificación partidista— por la pertenencia a determinadas redes de
conversación y por la ubicación en contextos sociales donde la competencia
política está más diferenciada entre tres partidos políticos (no sólo entre los
dos principales candidatos). Por otro lado, y en consecuencia, los resultados
de nuestro análisis sugieren que la presencia del PRI en estos contextos
sociales sigue siendo un factor explicativo de la decisión del voto. No
obstante, aun queda un espacio importante para sostener mejor esta conclusión. Referencias Aguilera de Prat, Cesáreo y Reniu, Josep M. (2007), El proceso electoral mexicano del 2 de julio de 2006: antecedentes,
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Voluntarism in American Politics, Zuckerman, Alan S., Zuckerman, Alan S., ed. (2005), The Social Logia of Politics: Personal Networks as Context for
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Figura 1 Elecciones presidenciales en México, 1964-2006
Fuente: Datos de 1964 a 1988, Gómez Tagle (2001). Datos de 1994 a 2006,
Instituto Federal Electoral (www.ife.org.mx) Tabla
2 Formas
y niveles de participación política en distintas democracias
Fuentes: Para México y Chile, CNEP . Para países europeos: Torcal, Montero y
Teorell (2006: 52-53) Tabla
3 Resultados
de distintas opciones para la elección presidencial, México 2006
Fuente: CNEP México 2006. Tabla
4 Frecuencia
de las conversaciones políticas según el tipo de interlocutor en distintas
democracias (en porcentajes)a
Fuente: CNEP, Chile 1999, España 2004, Hungría 2006 y México 2006 a
Los porcentajes no suman cien, pues no se han incluido las respuestas de “no
sabe/no contestó”. Tabla
5 Frecuencia
de conversaciones políticas en México (en
porcentajes)
Fuente: Estudios Panel México Elección Presidencial, 2000 y 2006 Tabla
6 Grado
de acuerdo en las conversaciones sobre política según el tipo de interlocutor
en distintas democracias (en porcentajes) a
Fuente: CNEP, Chile 1999, España 2004, Hungría 2006 y México 2006 a
Los porcentajes no suman cien, pues no se han incluido las respuestas de “no
sabe/no contestó”. b
Los resultados de Chile son distintos pues en la encuesta del CNEP no se
preguntó, excepto en el caso del esposo/a, sobre la gradualidad de acuerdo en
las conversaciones políticas. Sólo se cuestionó si se coincidía o había
diferencias importantes en las conversaciones, tal como se muestra en la Tabla. Tabla
7 Modelos
de regresión logística de las formas de participación política en México
Se muestran los coeficientes de regresión logística
binomial (1=participa y 0=no participa) y los valores estadísticos z entre paréntesis. Los niveles de significación son los siguientes: ***
p<0.001; ** p<0.01; * p<0.05. N.d. son estimaciones no disponibles
debido al bajo número de observaciones. a
Variable dicotómica, masculino o femenino; la categoría de referencia es
“masculino”. b
Variable categórica de auto-identificación con partidos políticos; la categoría
de referencia es “muy priista”. Fuente: Proyecto de Elecciones Nacionales Comparadas, México 2006, 1ª y 2ª
olas. Tabla 8 Modelos
de regresión logística de la decisión del voto en la elección presidencial,
México 2006
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